viernes, 2 de mayo de 2014

DÍA DEL TRABAJADOR, POR UNA REIVINDICACIÓN NACIONALISTA



En la Argentina los trabajadores empezaron a ser reivindicados de una manera concreta y clara bajo las presidencias de Hipólito Yrigoyen, quien gobernó los destinos de nuestro país de 1916 a 1922 y de 1928 a 1930 (cuando lo terminaron derrocando). Y bajo su gobierno por primera vez se establecieron los salarios mínimos; se instituyeron las 8 horas de trabajo, los contratos colectivos, la conciliación y el arbitraje; se reglamentó el trabajo domiciliario (algo tan importante para las mujeres); se prohibieron embargos de sueldos, jubilaciones y pensiones; se dispuso que todos los trabajadores debían cobrar en moneda nacional; y para los que cumplían con el Servicio Militar Obligatorio el empleo les era resguardado.

Pero es evidente que con la Revolución Nacional del 4 de junio de 1943 los trabajadores empezaron a ser reivindicados de una manera muchísima más amplia y profunda (como nunca antes a lo largo de toda nuestra historia como Nación). Y desde ya que bajo el liderazgo y la conducción del por entonces Coronel Juan Domingo Perón. En este sentido el antiguo Departamento Nacional de Trabajo se convirtió desde noviembre de 1943 en la flamante Secretaría de Trabajo y Previsión Social. Desde esta trinchera de lucha Perón alentó y puso en práctica toda una política que tendió a mejorar la distribución de la riqueza nacional armonizando tanto al Capital como al Trabajo.

Se estableció el pago de vacaciones; el aguinaldo; la previsión de accidentes de trabajo; los convenios colectivos a favor de los trabajadores; la política de aumento sistemático de salarios; la extensión del régimen jubilatorio; la creación de Tribunales de Trabajo para regular el enfrentamiento entre patrones y obreros en el orden judicial. La sanción del “Estatuto del Peón” (que tanto enfureció a los sectores concentrados del campo) por primera vez estipuló derechos y obligaciones tanto para el peón como para el patrón, reivindicándose ampliamente al primero.

Por supuesto que esta política de amplísima reivindicación de los trabajadores fue un pilar fundamental, y de continuidad en definitiva, durante las presidencia de Perón de 1946 a 1952 y de 1952 a 1955 (año de su derrocamiento), destacándose: el desarrollo acelerado de una industria nacional y con el control del Estado en los resortes estratégicos de la economía; el aumento del nivel de empleo y de los salarios; la amplia cobertura social a favor de los trabajadores y la contundente política de obras públicas en cuanto a construcción de viviendas, escuelas y hospitales.

Que contraste patético que existe si miramos la realidad actual de la Argentina. Según el informe del Observatorio Deuda Social de la Universidad Católica  (dado a conocer recientemente) a diciembre del 2013 la pobreza en nuestro país ascendió a un 27,5% de la población (o sea, más de 11 millones de pobres), de los cuales el 5,5% de este total (o sea, más de 2.200.000 personas) son indigentes.

De esta manera los niveles de pobreza establecidos por la Universidad Católica son más de cinco veces superiores a los establecidos por el INDEC. Así y todo, el Jefe de Gabinete del gobierno nacional, Jorge Capitanich, declaró hace pocos días que “la reducción de la pobreza y la indigencia han sido drásticas”, agregando cínicamente que todos los indicadores –supuestamente– mejoraron de modo sustancial. Capitanich también acusó a la oposición de pretender “desnaturalizar los efectos claros y contundentes de las políticas adoptadas por el gobierno nacional”.

Verdaderamente penoso y lamentable. No sólo no les importa erradicar los graves problemas que padecemos los argentinos sino que se nos burlan en la cara. Y siguiendo con la realidad que nos ocultan un tercio de los empleados en nuestro país trabaja en negro, afectando el empleo no registrado a 4.300.000 trabajadores.

Sin lugar a dudas el Trabajo es uno de los pilares de la cosmovisión del Nacionalismo, la fuente de riqueza más importante que tiene un país: no es el Capital ni las posesiones lo que constituye lo más importante en la vida. Lo fundamental para el Nacionalismo siempre va a ser el potencial laboral, o sea, la aptitud mental o física; el talento creativo o práctico. Y la medida de esto último siempre tiene que estar dada por la lealtad, el honor, el saber, la voluntad, la constancia, la responsabilidad, el sentimiento y el carácter.

Entonces siempre se debe poner énfasis en los principios espirituales antes que en lo estrictamente materiales (esencia del liberal-capitalismo, idólatra del Dinero). Una persona honorable siempre será aquella que cumpla con el deber de trabajar que le corresponda, aquella que a través de su comportamiento demuestra ser digna de su posición laboral. Para un verdadero gobierno nacionalista siempre estará la preocupación por el cuidado de cada compatriota dentro del ámbito de su trabajo; el interés por la integridad y por el grado de realización que se pudiera alcanzar para la vida desde lo espiritual, mental y físico.

Para obtener la producción plena en el país es absolutamente necesario fortalecer primero un potencial de trabajo, segundo una voluntad de producir y en tercer lugar crear los puestos laborales. Pero no se trata de ubicar indiscriminadamente ese potencial en puestos elegidos al azar o creados sin adecuada planificación. Además, el talento superior es el que realmente debe acceder a los puestos de mando. Un país infinitamente superior al actual es muy posible siempre que exista la sincera voluntad de construirlo.
 
 

 
Darío Coria, Secretario de Educación y Cultura del Partido Bandera Vecinal en el Orden Nacional,
Jefe de la Passaponti en la Provincia de Buenos Aires y conductor del programa radial “Estirpe Nacional”.

02/05/2014
 

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