jueves, 8 de enero de 2015

LA SOBERANÍA POLÍTICA COMO PRINCIPIO NACIONALISTA


La Soberanía Política no es una expresión de deseos ni una mera formulación jurídica. Doctrinariamente hablando es una voluntad irrenunciable que debe existir en todo Estado. Es un principio rector que un gobierno debe llevar adelante para plasmar en los hechos concretos (y sin ningún tipo de demagogia discursiva-populista) el ejercicio efectivo del poder sobre todo lo que es propio, y que por derecho histórico e inalienable le corresponde a una Nación.

En tal sentido, ese gobierno en cuestión no se debe dejar nunca manipular o someter por diferentes tipos de atropellos foráneos (ya sean estos atropellos de tipo militar, político, económico-financiero o cultural-ideológico). Por consiguiente la esencia de un auténtico Estado es la Soberanía Política o Soberanía Nacional, que se reconoce y que se afirma en el ejercicio de un “Real Señorío de lo Propio” y en el marco de una Comunidad Nacional, ya que en el desarrollo natural de un país siempre debe estar la integridad territorial.

Sin Soberanía Política ningún gobierno puede tomar decisiones plenas ni administrar justicia conforme al Bien Común. Y precisamente, si uno de los fines indispensables del gobernante es realizar el Bien Común, ese gobernante debe disponer de una total y plena libertad de acción para ello.

Este indispensable principio nacionalista no acepta, y bajo ningún punto de vista, intromisiones foráneas en el orden interno. Hacerlo significaría entrar en una contradicción misma. El principio de las nacionalidades, la igualdad jurídica de los Estados y la soberanía en sí deben constituir las bases fundamentales para un ordenamiento sano y orgánico en materia de política internacional. Y por definición misma, este delineamiento sólo podrá ser llevado adelante por gobiernos nacionalistas firmes, fuertes y decididos.

Siempre se debe profesar un absoluto respeto hacia todos los pueblos de la faz de la Tierra, como a su vez se debe tener en claro cuáles son las tortuosas prácticas de engaño y manipulación, algo tan característico en estos tiempos de Globalización o Nuevo Orden Mundial. Nunca podrá existir un franco estado de paz mientras el respeto a la integridad de las soberanías nacionales no predomine sobre cualquier otra consideración.

Ni los intereses económicos ni las ideologías (o convicciones políticas) deben autorizar a nadie a inmiscuirse en la vida interna de los pueblos. De esta forma, el Nacionalismo rompe con el esquema desnaturalizante e internacionalista tanto del capitalismo como del marxismo (las dos caras de una misma moneda). Y conceptualmente los enfrenta por el sólo hecho de que ambos van en contra de los intereses nacionales.

Es que cualquier esquema de integración o de unidad continental deben basarse únicamente en el respeto y en la defensa de los intereses de cada uno de los países en cuestión, en la eliminación radical de las relaciones de dependencia, en un freno concreto al accionar desleal de las trasnacionales y del proceder de la Usura Internacional, como así también de aquellas ideologías extrañas a la esencia de un pueblo. La Nación que se somete a una fuerza superior pierde su autodeterminación (en definitiva la cualidad primordial de su soberanía), y pertenece desde ese momento al vencedor cualquiera sea la forma en que se pretenda disimular la conquista.

Los pueblos débiles en el mundo de hoy no tienen garantías. En lo formal somos jurídicamente todos iguales, pero en la realidad de los hechos no lo somos porque no hay ningún tipo de respeto. Esto señalado no es doctrina, es la más cruda realidad que nos toca vivir. Es ver el panorama mundial ante tantas injusticias que se cometen contra las naciones oprimidas, siendo el ejemplo más patético de esto el abierto genocidio y exterminio que lleva adelante el Estado terrorista de Israel contra los sufridos palestinos.

Al respecto, la historia y las últimas guerras han puesto en evidencia que la defensa de los Estados no pueden improvisarse, so pena de sucumbir bajo los golpes demoledores de otros más fuertes que, apartándose de las normas de convivencia, lanzan el poderío de sus fuerzas para apropiarse de las riquezas y de los bienes ajenos, ya sea para satisfacer las necesidades primordiales de un determinado pueblo o bien para servir a sus intereses imperialistas. Es decir, para el Nacionalismo, en la comunidad de los pueblos del mundo no puede haber poderosos que todo lo posean y débiles que todo lo sufran.

La historia de la humanidad parecería ser la tragedia de la lucha por la libertad del hombre y de las naciones. Una lucha sostenida desde los mismísimos comienzos de la vida y hasta nuestros días.

Un gobierno plenamente nacionalista jamás se va a comprometer con acciones que presupongan una agresión a pueblo alguno. Se trata de aceptar el derecho que emana de la justicia, de rechazar la fuerza como agente de injusticia que no da sino derechos espurios y títulos manchados con sangre (el citado ejemplo de Israel contra Palestina).

Con ese espíritu americanista, sanmartiniano y rosista heredado, debemos contribuir en la medida de nuestras fuerzas y posibilidades para que en América Latina desaparezca definitivamente la expoliación y la rapiña del Sistema plutocrático-capitalista, Sistema que corrompe conciencias, que tergiversa realidades, que disfraza sus intenciones con propaganda, que humilla la dignidad de los pueblos y que explota para su beneficio exclusivo las riquezas naturales que no le pertenecen.

Entonces liberarse es la palabra de orden. Liberarnos de las fuerzas de ocupación que hacen posible la explotación y la dominación imperialista. La Historia prueba también que los grandes movimientos libertarios sólo pueden realizarse mediante la unión y la solidaridad de todos los pueblos que aspiran a esa tan anhelada liberación.

Por otra parte, lo que constituye el acto político y jurídico fundacional de nuestra Soberanía Nacional, de nuestra Nación libre e independiente es la Declaración de la Independencia proclamada en Tucumán el día 9 de julio de 1816. La que se ratifica con el agregado al Acta, el día 19 de julio de aquel año, de la frase “LIBRE E INDEPENDIENTE DE TODA OTRA FORMA DE DOMINACIÓN EXTRANJERA”, agregado realizado a instancias del diputado sanmartiniano por Buenos Aires Pedro Medrano.

Afirmar formalmente una declaración de independencia es lo mismo que nada. Es indispensable que día a día esa voluntad política se ponga permanentemente en acto, porque la Soberanía Nacional no es algo que se conquista para siempre o que se proclama en una fecha patria. Sólo existe cuando hay dominio de lo que es propio; cuando se mantiene contra toda forma de expoliación foránea.

El punto de partida para levantarnos como Comunidad y Nación será comprender que la Argentina no tiene salida con o dentro del Sistema o Régimen de Dominación Mundial, que no tiene verdadera forma de progreso bajo los parámetros “cosmovisionales” de la Sinarquía Internacional plutocrática y de su servil partidocracia corrupta de turno. Esto es indudable. La mayor crisis está dada en la carencia de patriotismo de los gobernantes de turno. El país se encuentra descapitalizado desde hace muchísimo tiempo porque se lo ha saqueado de afuera y de adentro, situación que se deteriora cada vez más. Todos piensan en sus provechos personales, en las prebendas, en las cuentas bancarias, en asegurar la impunidad para seguir estafando y bajo diferentes paraguas protectores como la inmunidad o los fueros parlamentarios.

De todas las destrucciones que se han operado en el país, la peor de todas ha sido la destrucción del Alma de los argentinos. Cuando los simuladores de la política mencionan o invocan cínicamente a la democracia no se puede menos que recordar una frase típica y característica de los españoles: Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces.

Es que acá se haya el problema de raíz, en la corrupción organizada, en las mafias que se visten de “representantes del pueblo” y que a los fines prácticos son títeres y tecnócratas de la Usura Internacional. Vale decir, los parásitos más grandes que mancillan nuestra dignidad, que impiden nuestro sano y fuerte crecimiento, que impiden y abortan a toda costa nuestra indispensable Soberanía Política.



Darío Coria, Secretario de Educación y Cultura del Partido Bandera Vecinal en el orden nacional.
Conductor del programa radial “Estirpe Nacional”.

08/01/2015

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