lunes, 24 de septiembre de 2018

JOSÉ IGNACIO RUCCI, EMBLEMA DE LUCHA Y LEALTAD


Nació un 15 de mayo de 1924 en Alcorta, sur de la Provincia de Santa Fe, desempeñándose en tareas rurales. Instalado en Buenos Aires entró en la fábrica de cocinas ‘Catita’, una marca muy popular de la época, arrancando bien desde abajo hasta convertirse en obrero metalúrgico. En 1947 inició su actividad gremial al ser elegido delegado de esa fábrica. Luego del golpe de Estado de 1955 estuvo preso y posteriormente participó activamente en la Resistencia Peronista.

Para ese entonces ya era un ávido lector del Revisionismo Histórico Argentino, con José María Rosa a la cabeza. Además leía al mismísimo General Juan Domingo Perón y a nacionalistas católicos como Charles Maurras. A principios de los ’70 fue designado encargado de prensa dentro de la Unión Obrera Metalúrgica. El 6 de julio de 1970 asumió el cargo de Secretario General de la CGT, convirtiéndose de esta manera como uno de los hombres más poderosos del país. Carismático, pasional, hablaba muy bien en público. Desde este máximo cargo siempre pidió aumentos salariales y mejoras laborales, pero fue más allá al exigir el retorno de Perón y el fin de su proscripción. Sus reclamos siempre tenían un estilo bastante directo, frontal y combativo hacia la dictadura de Alejandro Lanusse (un antiperonista de pura cepa que inclusive se había sublevado en 1951).

Para Rucci el Movimiento Obrero no podía estar al margen de los grandes problemas existentes del país, sólo podía alcanzar la plenitud de sus derechos con la toma del poder, o sea con Perón. En este sentido luego de la asunción de Héctor Cámpora como presidente, el 25 de mayo de 1973, de su traición hacia el peronismo, de su apertura hacia las organizaciones guerrilleras marxistas, de los crecientes accionares terroristas de estas organizaciones, y en definitiva de su debilitamiento en el poder hasta terminar renunciando, la campaña pre-electoral del 23 de septiembre de 1973 fue llevada adelante por los sindicatos, y por supuesto, con Rucci a la cabeza. En esta histórica fecha Perón se convirtió presidente de los argentinos por tercera vez.

El Líder de la CGT fue una pieza clave en el denominado Pacto Social, que fue la médula del plan de gobierno de Perón, lo que implicaba una vuelta al peronismo, al desarrollo industrial y al reparto equitativo de la riqueza. Este Pacto Social le dio a Rucci muchísimo poder porque todos los nombramientos en los puestos clave del Estado necesitaban de su firma, junto con la del ministro de Economía José Gelbar. Y a medida que Rucci aumentaba su protagonismo político junto a Perón y en contra de la organización terrorista Montoneros, fue concentrando toda la bronca y toda la ira. El martes 25 de septiembre de 1973 al mediodía fue acribillado en la vereda de su domicilio, en Avenida Avellaneda 2.953 en el barrio porteño de Flores. O sea, a tan sólo dos días del triunfo del Líder de los Trabajadores en las elecciones presidenciales. Cuando abrió la puerta de su casa para salir, sus 13 guarda-espaldas estaban en sus puestos, sentados en los cuatro autos estacionados sobre la avenida. Pero esto no impidió el accionar.

En total le dieron 25 tiros entre tres personas, que le dispararon con FAL, itaka y una pistola 9 milímetros. Fue la denominada Operación Traviata por los 23 agujeritos de las galletitas Traviata. Este tremendo acto terrorista ocurrió cuando precisamente intentó abrir la manija del auto Torino rojo para subir. Su principal asesino fue Julio Iván Roqué, alias ‘Lino’, el N° 6 de la Conducción Nacional de Montoneros y uno de los fundadores de las FAR. Este siniestro personaje ya había recibido instrucción militar en Cuba, y luego del atentado hizo cursos militares por Argelia, el Líbano y Europa del este. Inclusive, el 25 de mayo de 1973 (con la asunción de Cámpora) había sido uno de los tantos presos liberados de la cárcel de Devoto. Finalmente murió en mayo de 1977 en Haedo, luego de tomar una pastilla de cianuro y volarse al estar rodeado por miembros de la Marina (para ese año ya era el N° 1 de Montoneros). En este sentido, el periodista y ex guerrillero Miguel Bonasso, afirmó en su libro ‘Diario de un Clandestino’ que fue el propio Mario Firmenich quien le confirmó oficialmente del asesinato a manos de esta organización. Su muerte fue un apriete al mismísimo General. Se trató de “persuadirlo” para que se los tuviera en cuenta en la conducción del Gobierno y del Movimiento, una lectura más que burda y disparatada.

Tal como lo afirma el periodista e investigador Ceferino Reato en su obra ‘Operación Traviata’, muchos de quienes hoy se reivindican como los herederos de Montoneros y de la década del ’70 adoptan un status de superioridad moral en relación al resto de la sociedad: Construyen un relato histórico que acomoda los hechos a su antojo. Cuando se les habla de sus crímenes y de sus aberraciones ya esgrimen los “ideales”, como si esto bastara para justificar sus actos demenciales. Si los ideales no alcanzan entonces hablan de los desaparecidos y torturados por la dictadura (como si esto también alcanzara para dejar de lado sus crímenes). Y si lo anterior no alcanza ya optan por descalificar al que piensa distinto.

Ante un nuevo aniversario de su vil y cobarde asesinato a manos de la organización terrorista Montoneros, José Ignacio Rucci pasó a la historia como un luchador de causas superiores, como el máximo símbolo de Lealtad hacia Perón y hacia la causa Nacional-justicialista. Es tal como lo expresara este verdadero peronista, el mejor de todos: La reconstrucción de la Patria es una tarea común para todos los argentinos, sin sectarismos ni exclusiones. La liberación será el destino común que habremos sabido conquistar, con patriotismo, sin egoísmos, abiertos mentalmente a una sociedad nueva, para una vida más justa, para un mundo mejor”.



Darío Coria, Secretario de Educación y Cultura del Partido Bandera Vecinal. Conductor del programa radial partidario "Estirpe Nacional".


24-09-2018

sábado, 15 de septiembre de 2018

16 DE SEPTIEMBRE DE 1955, LA HORA DE LOS ENANOS


El cobarde derrocamiento del General Juan Domingo Perón fue un acontecimiento que sin lugar a dudas marcó un antes y un después en la Argentina. Los sucesos previos marcaron un terrible acto demencial: El 16 de junio de 1955 cuarenta aviones de la Marina bombardearon y ametrallaron Casa de Gobierno y Plaza de Mayo. La intención era más que clara, asesinar a Perón. Este acto terrorista fue acompañado por el accionar de la Infantería de Marina que atacó la Casa Rosada, acto que finalmente fue contrarrestado. El saldo fue de más de 300 civiles muertos y 3.000 heridos. Tras este brutal bombardeo el Líder justicialista dio la orden de que ningún obrero concurriese a Plaza de Mayo. Pero de manera espontánea, y ante la difícil hora que se vivía, una enorme multitud se congregó frente a la histórica Plaza y bajo el lema defender a Perón.

En un clima tremendamente caldeado y mientras el país digería como podía la carnicería de junio, tres meses después, exactamente el 16 de de septiembre del ´55, estalló finalmente la sublevación militar en Córdoba que puso fin al gobierno Nacional-justicialista. Mientras el foco insurreccional cordobés resistía, la Marina bombardeaba pozos de petróleo de YPF en Mar del Plata donde había emplazado 19 buques. La mayoría de las Fuerzas Armadas permanecieron leales a Perón, pero sus acciones para reprimir el levantamiento fueron tan ineficaces como parsimoniosas. La flota mantuvo su curso hacia Buenos Aires y por radio ordenó a los habitantes de Berisso que evacúen la zona porque sino destruirían la destilería de YPF.

Luego de unos días de indefinición tras el levantamiento, el General Perón finalmente presentó su renuncia, aduciendo querer evitar un derramamiento de sangre. La dimisión desde ya que fue aceptada por los altos mandos liberales conspiradores. El General Eduardo Lonardi -jefe del levantamiento en Córdoba- y el Almirante Isaac Rojas se hicieron cargo del Poder Ejecutivo. El 23 de septiembre Lonardi asumió la presidencia de la Nación en un brevísimo período de tiempo y bajo la hipócrita consigna ‘ni vencedores ni vencidos’.

De esta manera comenzaba un nuevo y sangriento proceso político argentino. El golpe de Estado de 1955 fue presentado ante la opinión pública como la supuesta recuperación de la tradición republicana, iniciada en la Revolución de Mayo de 1810, frente al gobierno de Perón caratulado como de segunda “tiranía”. Porque claro, para el pensamiento liberal de cuño masónico la primera tiranía había sido el gobierno del Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas. Esta contra-revolución antiperonista ya había empezado a tomar cuerpo anteriormente. El 28 de septiembre de 1951 el General Benjamín Menéndez había encabezado un intento de golpe, en donde más de 200 oficiales fueron juzgados y pasados a retiro. Inclusive el General José Suárez había encabezado otro intento golpista en 1952. Su plan consistía en tomar la Casa Rosada a través de una acción comando y asesinar a Perón. Finalmente, por una filtración del servicio de Informaciones de la Aeronáutica la conspiración se frustró.

Luego de su breve presidencia de casi dos meses, el 13 de noviembre Lonardi fue remplazado por el General ultra-antiperonista Pedro Eugenio Aramburu, quien rápidamente procedió a dictar el Decreto 3.855/55 disolviendo al Partido Peronista, y en marzo de 1956 el Decreto 4.161 con la rúbrica de Isaac Rojas y Álvaro Alsogaray estipulándose penas que prohibían toda participación política del peronismo y penas por el sólo hecho de pronunciar las palabras ‘Evita’, ‘peronismo’ o ‘Perón’. La Argentina volvía a perder su propio destino, volvía a ser colonia de las potencias mundiales, de la Usura Internacional. Se ingresó al Fondo Monetario Internacional, política de vasallaje que continuará en el tiempo. Hacia abril del ´56 la “Libertadora” derogó plenamente la Constitución de 1949. Y el 9 de junio de 1956 los generales Juan José Valle y Raúl Tanco iniciaron un levantamiento cívico-militar que tuvo la clara intención de restaurar al peronismo, lo que va a terminar en una terrible tragedia con 27 civiles y militares fusilados. En definitiva, desde 1955 comenzaba un período de 18 años de proscripción, de persecución y sangre al peronismo, que recién pudo reivindicarse en 1973.

Para comprender el trasfondo del derrocamiento del General Perón sólo basta con tener presente dos frases tristemente célebres de Winston Churchill, Primer Ministro del Reino Unido de 1940 a 1955, sin lugar a dudas uno de los personajes más nefastos de toda la historia política a nivel mundial. Durante la famosa conferencia de Yalta de 1945 entre los aliados de la 2ª GM, Churchill expresó: “No dejen que la Argentina se convierta en potencia, porque detrás de ella arrastrará a toda Hispanoamérica”. Y en un discurso pronunciado en la Cámara de los Comunes, en 1955, afirmó de manera contundente: “La caída del tirano Perón en Argentina es la mejor reparación al orgullo del Imperio y tiene para mí tanta importancia como la victoria de la Segunda Guerra Mundial. Y las fuerzas del Imperio inglés no le darán tregua, cuartel ni descanso en vida, ni tampoco después de muerto”

Es que la revolución peronista había herido sensiblemente a las minorías concentradoras del poder económico en nuestro país, perjudicando a su vez los intereses plutocráticos colonialistas británicos. En esto reside la clave de todo. El Nacional-justicialismo estableció el legado de la Soberanía Política, la Independencia Económica y la Justicia Social. Y fue precisamente Perón el que como ningún otro presidente en la historia de nuestro país reivindicó a los trabajadores con amplias medidas socialistas, realizando una efectiva distribución de la riqueza y armonizando las relaciones entre el Capital y el Trabajo.

El peronismo fue sin lugar a dudas la doctrina libertaria del siglo XX, también reflejada en el principio de la Tercera Posición, un posicionamiento totalmente libre ante los embates de las izquierdas y de las derechas, ante el marxismo y el capitalismo, ante el colonialismo yanki y el colonialismo soviético de esa época, colonialismos siempre manejados por el Poder Oculto, por la Sinarquía Internacional al decir del Líder justicialista. Y con una fuerte política de industrialización interna (también, como nunca antes visto en el país) la Independencia Económica tuvo como finalidad reconquistar las fuentes de riqueza de la Nación para hacer un reparto más equitativo, para mejorar la calidad de vida de todos los argentinos. Se desligó al país de todo organismo financiero usurero, no había deuda externa. Se nacionalizó el Banco Central de la República Argentina como así también los sectores estratégicos de la economía. Se llevó adelante una verdadera integración económica a nivel latinoamericano. Y todo ello a pesar de la terrible presión ejercida por EEUU, el país “bueno y democrático” vencedor en la 2ª GM. En definitiva, era la Comunidad Organizada.

Tal como lo sostuvo el mismísimo Perón, 1955 marcó la hora de los enanos. Enanos en referencia a todos aquellos agentes de la decadencia moral e intelectual, en cuyas manos recaía el poder político para ser dócil a los deseos del colonialismo. Enanos por todos aquellos traidores que pasaron a engrosar las filas de los que humillaban a la Patria. Enanos por todos aquellos que no pudieron comprender al Pueblo, y en esta incomprensión se pasaron a la vereda del enemigo. Y enanos también por los que entregaron la Soberanía Nacional, los que derribaron la Independencia Económica y la Justicia Social.

Y si hablamos de enanos, la actual partidocracia argentina claramente lo es. Lo que hoy sobra es mucho dolor: Postración, degradación social, pobreza, indigencia, concentración económica, clientelismo político, corrupción organizada, rebaje cultural, entrega del patrimonio nacional, subordinación hacia los poderes mundiales, pago de la mayor estafa al pueblo argentino –la Deuda Externa–. Por eso, el 16 de septiembre de 1955 marcó el gran quiebre en nuestro país: Parió a los enanos y vendepatrias del pasado e hizo crecer a los enanos y vendepatrias del presente.




Darío Coria, Secretario de Educación y Cultura del Partido Bandera Vecinal. Conductor del programa radial partidario "Estirpe Nacional".

15-09-2018

lunes, 10 de septiembre de 2018

PEDRO BONIFACIO PALACIOS, EL PADRE DEL AULA


Pedro Bonifacio Palacios, conocido popularmente por su seudónimo Almafuerte, se destacó como un gran docente, periodista, y gran poeta comprometido con la sociedad de su tiempo. Nació el 13 de mayo de 1854 en San Justo, en el oeste del conurbano bonaerense, en el seno de una familia muy humilde.

Tuvo una infancia muy sufrida, ya que a su marcada pobreza perdió a su madre y luego fue abandonado por su padre. En medio de la extrema pobreza en la que creció, se orientó primero hacia las artes plásticas. Por su imposibilidad económica para viajar a París (que era, como hoy, el centro principal de los pintores y estudiantes del arte), la Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires propuso a Almafuerte como candidato para una beca que le permitiera viajar a Europa y perfeccionarse. Sin embargo, la Cámara de Senadores se la negó. Esta frustración personal profundizó en él su disgusto con la política, su desconfianza hacia los partidos, con una visión crítica y filosa que volcaría, más tarde, en muchos de sus escritos.

De esta manera cambió su rumbo. De adolescente se dedicó a la docencia y a la escritura. A los 16 años, sin tener siquiera el título de maestro, tuvo una larga experiencia al frente de diferentes clases, en donde fue nombrado inclusive Director de una escuelita rural en Chacabuco, en plena campaña bonaerense. También fue docente en Mercedes y Salto. En 1884 conoció en Chacabuco al ex presidente Domingo Faustino Sarmiento, sin lugar a dudas unos de los máximos referentes del procerato liberal post Caseros.

En su visión, la pobreza sólo podía ser revertida a través de la educación. En las escuelas rurales de Buenos Aires, Salto, Chacabuco, Mercedes y Trenque Lauquen, se extenuó horas y horas con clases ininterrumpidas. En aulas precarias y simples taperas, Palacios enseñaba las primeras letras, recitaba poemas y transmitía los rudimentos de las matemáticas a grupos de niños rurales, hijos de peones, hambreados, castigados, excluidos, analfabetos, con una dedicación tan admirable como casi única.

Su labor no consistió en transmitir pasivamente datos fríos. Conocía instintivamente las técnicas para estimular la creatividad de los alumnos, los guiaba hacia la investigación, los incentivaba a buscar el saber, los estimulaba a sentir la sed inagotable de conocimiento que él mismo sentía. Enseñaba Ciencias y Geografía a campo abierto (en el lugar de los hechos como él decía). Y su método docente obligaba al alumno a observar la naturaleza y deducir de esa observación las leyes que la regían. No contento con esto, extendió su campo de acción: Pedía a los niños que trajeran a sus padres para estudiar. Y de esta manera su éxito fue total.

Los cursos que él dictaba comenzaban con no más de 10 o 15 alumnos, para, al promediar el año, verse colmados por 200 o 300 educandos de todas las edades. Lamentablemente fue apartado de su cargo por tener una postura política crítica hacia esa Argentina conservadora en la cual se vivía, porque su forma de ejercer la docencia irritaba a los “doctos”. En 1894 retomó su labor como decente en una escuela de Trenque Lauquen, pero en 1896 el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires lo destituyó nuevamente de las aulas, poniéndose como motivo el hecho concreto de que el gran maestro no contaba con un título oficial habilitante. En realidad, su destitución se debió a que sus poemas eran altamente críticos para con el gobierno. Pero Almafuerte, fiel a su nombre, no cedió. Redobló su labor dialéctica y poética, siguió enseñando en forma privada defendiendo el rol del docente, exaltando la cultura y trabajando para los pobres.

Como poeta fue realmente un autodidacta, y resulta casi imposible clasificarlo dentro de las corrientes literarias de su época. Cuando cumplió 20 años, el diario Tribuna publicó su primer poema, ‘Olvídate de mí’. En 1875 fue ‘Pobre Teresa’, una obra de teatro en cuatro actos, escrita en verso. Y con el ímpetu de esos pequeños primeros logros, continuó publicando en medios de mínima o regular tirada: En La Ondina de Plata, El Álbum del Hogar, Caras y Caretas y La Biblioteca. Sus poemas los escribía para ser recitados frente a multitudes. La poesía almafuertiana es, en realidad, un ejercicio de oratoria y retórica, poéticamente perfecta en rima, métrica, técnica y estilo. Aprendió elocuencia de eximios oradores políticos de su época, y por ejemplo Leandro N. Alem y Aristóbulo del Valle arengaban a las masas con el mismo estilo con el que Almafuerte elaboraba sus poemas.

Como periodista también tuvo una vida pública muy destacada. Escribió en el diario Buenos Aires; fue secretario de redacción de El Oeste de la ciudad de Mercedes y fundó el diario El Progreso en Chacabuco. En 1887 se trasladó a La Plata e ingresó como periodista en el diario El Pueblo, para luego dirigirlo. Y en esta trinchera de resistencia cultural combatió ácidamente al gobierno de turno. Con el tiempo fue nombrado Pro-secretario de la Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires, y más tarde fue bibliotecario y traductor en la Dirección General de Estadística de la provincia. Su forma política de pensar siempre fue libertaria. Con el estallido de la Revolución del Parque en 1890 Almafuerte se identificó con los ideales de Alem y los orígenes revolucionarios de ese movimiento.

Pero desengañado de la política se volvió más introspectivo, solitario y hosco. Se recluyó a escribir y se desligó de las funciones públicas. Sintió por esta época que los únicos que merecían su esfuerzo eran los pobres, los miserables, los enfermos, los ignorantes, y a ellos se volcó de modo definitivo. Pero la admiración que existía por sus poesías era cada vez mayor. Fue tan así que en 1893 el diario La Nación empezó a publicar sus poemas. Las masas se sentían identificadas con él, con el poeta cultísimo, ampliamente cultivado, capaz de escribir versos técnicamente perfectos, llenos de sangre y de pasión, donde hablaba y se comprometía con un profundo contenido social.

También escribió miles de cartas a los poderosos de turno solicitando alimento, trabajo, vivienda, educación, medicamentos, becas o subsidios para los pobres, para alumnos y ex alumnos. Por regla general sus reclamos tenían éxito. Y Al final de su vida, el Congreso de la Nación Argentina le otorgó una pensión vitalicia para que se pudiera dedicar de lleno a su actividad como poeta. Sin embargo no pudo gozar de ella, ya que el 28 de febrero de 1917 falleció en la ciudad de La Plata, a la edad de 62 años.

En La Plata se encuentra la casa donde transcurrieron los últimos días de Don Pedro Bonifacio Palacios, convertida hoy en museo que se declaró ‘Monumento Histórico de la Ciudad, de la Provincia y de la Nación’, un más que justo homenaje a su gran labor humanística y literaria. Y cincuenta y siete años después de su muerte, el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires lo declaró Maestro Honoris Causa, otorgándole por fin el título que nunca tuvo en vida y que se convirtió en su sueño más preciado.

En esta Argentina actual tan degradada, tan sometida a los poderes mundiales y tan viciada en la corrupción organizada debemos levantar la bandera del gran docente y poeta social por excelencia que dio nuestro país: La bandera del combate contra la injusticia, contra la exclusión social, la mezquindad humana y la miseria espiritual. Ya lo decía con claridad meridiana Almafuerte en ‘Piu Avanti’, uno de sus poemas más significativos:

No te des por vencido, ni aun vencido,
No te sientas esclavo, ni aun esclavo;
Trémulo de pavor, piénsate bravo,
Y arremete feroz, ya mal herido.
Ten el tesón del clavo enmohecido,
Que ya viejo y ruin vuelve a ser clavo;
No la cobarde intrepidez del pavo
Que amaina su plumaje al primer ruido.



Darío Coria, Secretario de Educación y Cultura del Partido Bandera Vecinal. Conductor del programa radial partidario "Estirpe Nacional".

10-09-2018