sábado, 29 de diciembre de 2018

FEMINISMO: LA IDEOLOGÍA DEL HEMBRISMO


  La Real Academia Española define al feminismo como “un principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre”. Y sobre la base de esa igualdad el sociólogo feminista Michael Paul Johnson enfatiza que se busca “eliminar la dominación y la violencia de los varones sobre las mujeres”. Al fragor de ver lo que es el feminismo en pleno siglo XXI resulta imperioso reformular una definición y analizar varios de sus conceptos.

A lo largo de la historia las mujeres han obtenido numerosos logros. Al luchar por derechos civiles y políticos, el feminismo se ganó un lugar más que justo dentro de las demandas sociales a nivel mundial. Durante el siglo XIX y principios del siglo XX se luchó por la igualdad en referencia a derechos de propiedad y derechos dentro del matrimonio. Desde fines del siglo XIX la lucha se centró en la obtención de derechos políticos, básicamente el derecho al sufragio. Sin lugar a dudas conquistas nobles y más que auspiciosas. ¿Quién puede estar en contra de la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres? ¿Cómo no mirar con buenos ojos el derecho de las mujeres a votar o a tener una misma remuneración que el hombre en el ámbito laboral?

Sin embargo, el feminismo hoy en día significa algo extremadamente distinto. A pesar de que hay muchísimas personas que siguen luchando por esa igualdad de oportunidades, ese feminismo primigenio en esencia ya no existe más. Vale decir, el feminismo hoy por hoy transmutó en una ideología radicalizada y anti-natural expresada desde lo socio-cultural y en muchos casos con muy fuerte respaldo político. Sus ideas rectoras giran básicamente en torno a la sexualidad, la reproducción, el aborto, el androcentrismo, el “patriarcado”, la “ideología de género” y la “liberación femenina”. De esta manera el feminismo derivó en hembrismo, en un machismo a la inversa. ¿Y cómo operó esta invisible transmutación? A través de la farsa dialéctica materialista marxista de opuestos irreconciliables.

De la lucha de clases entre patrones (opresores) y obreros (oprimidos) se pasó a una guerra de sexos entre hombres (opresores) y mujeres (oprimidas) como “motor de la historia”. Inclusive Friedrich Engels fue quien sentó las bases de la unión entre el marxismo y el feminismo tal como lo sostiene en su muy conocida obra “El Origen de la Familia, la Propiedad y el Estado”, escrita por el pensador judeo-alemán en 1884: “El primer antagonismo de clases de la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer unidos en matrimonio monógamo, y la primera opresión de una clase por otra, con la del sexo femenino por el masculino”

El feminismo como clara ideología hembrista-sexista va a parir de la mano de la escritora francesa feminista bisexual, escandalosa, promiscua y pederasta Simone de Beauvoir (1908-1986). Su obra “El segundo sexo” (1949) es una suerte de “biblia” para el movimiento feminista y fuente de inspiración para futuras referentes e ideólogas de esta expresión.​ Según las ideas de Beauvoir se debe partir de un categórico rechazo al hombre por la sencilla razón de que la mujer ha sido sistemáticamente reducida a un papel de sirvienta o esclava. Su célebre frase “la mujer no nace, se hace” dio inicio a la interpretación de que las personas poseen sexo no desde su nacimiento natural biológico sino a partir de una construcción social, a partir de cuando el hombre o la mujer quieran ser lo que les guste ser y en el amplio sentido de la palabra.

Al estar siempre  latente el de rechazo abierto al hombre, al encarnar el “mal” dentro de la sociedad, la derivación lógica de esta visión va a ser el fomento del lesbianismo, ya que en la visión de Beauvoir “la homosexualidad de la mujer es una tentativa, entre otras, para conciliar su autonomía con la pasividad de su carne. Y, si se invoca a la Naturaleza, puede decirse que toda mujer es homosexual por naturaleza”. Otra de sus ideas principales fue la amplia difusión que propagó sobre el aborto y la libre elección de la mujer a elegir, tal las tesis en su Manifiesto por el aborto legal” de 1971, en donde sostiene: “El aborto libre y gratuito no es nuestra única plataforma de lucha. Esta demanda es simplemente una exigencia elemental. Si no se la toma en cuenta, el combate político no puede ni siquiera comenzar. Recuperar, reintegrar nuestro propio cuerpo constituye para nosotras, las mujeres, una necesidad vital. De frente a la historia, nuestra situación es bastante singular: en una sociedad moderna como la nuestra, somos seres humanos a quienes se les prohíbe disponer de sus cuerpos. Una situación que en el pasado sólo los esclavos han conocido”.

La canadiense Shulamith Firestone (1945-2012) es otra de las grandes referentes del feminismo radicalizado, partidaria de la pedofilia, de la emancipación sexual desde la infancia. Su obra más conocida es “La dialéctica del sexo” (1970), en donde también sustituye la lucha de clases por la lucha de sexos. Según sus afirmaciones la maternidad representa la "opresión radical que sufre la mujer" y la “servidumbre reproductiva determinada por la biología". Su pedofilia feminista queda más que explícita en su famosa obra: “Si el niño puede elegir relacionarse sexualmente con los adultos, incluso si él debe escoger su propia madre genética, no habría razones a priori para que ella rechace los avances sexuales, debido a que el tabú del incesto habría perdido su función. (…) Las relaciones con niños incluirían tanto sexo genital como el niño sea capaz de recibir -probablemente considerablemente más de lo que ahora creemos-, porque el sexo genital ya no sería el foco central de la relación, pues la falta de orgasmo no presentaría un problema grave. El tabú de las relaciones adulto/niño y homosexuales desaparecerían”.

A su vez la expresión ‘patriarcado’ (otro enfoque esencial feminista) se debe a la escritora, cineasta, escultora y feminista estadounidense Kate Millet (1934-2017), la activista lesbiana que combatió abiertamente el amor romántico y cuyas ideas centrales se encuentran en su obra “Política Sexual” (1970). Para Millet, el patriarcado es el dominio del orden social por los hombres opresores y que se expresa de diferentes formas, configurándose en ello toda una “violencia simbólica” que estructura toda esa opresión varonil hacia las mujeres. Esta “violencia” se reflejaría desde lo sexual (y en el sentido de que sólo el placer es el de los hombres) pasando inclusive por el lenguaje al utilizarse palabras masculinas que incluyen o “subordinan” a las mujeres, como por ejemplo “ciudadanos”. Esta “opresión patriarcal” dio pié para el desarrollo del paradigma del "androcentrismo", es decir, la visión del mundo y de las relaciones sociales centradas desde un punto de vista masculino.

Queda claro que el sexo viene determinado por naturaleza, una persona nace con sexo masculino o con sexo femenino. Si partimos de la base de que el género es la construcción psicosocial del sexo, y que en definitiva esa construcción determina los diferentes comportamientos emocionales y naturales, las diferentes identidades propias del hombre y de la mujer (haciéndolo más diferentes que similares), para el feminismo el género pasa a ser la construcción misma del sexo y desde un componente cultural: El sexo ya no es un dato originario de la naturaleza sino lo que se siente llenar y darle sentido a la vida, un papel social del que se decide autónomamente.

El género como construcción social y no biológico es una de las contribuciones más importantes de la teoría feminista. Por consiguiente, esta “ideología de género” es una mera categorización social, una artificial y caprichosa “toma de conciencia” de valores y conductas que tira por tierra la natural construcción psicosocial del sexo biológico. La consecuencia lógica, tal como lo sostiene la feminista judía estadounidense Judith Butler, es que tanto “hombre” como “masculino” podrían aceptarse tanto en un cuerpo femenino como en uno masculino, y a su vez, “mujer” y “femenino” podrían aceptarse también para ambos cuerpos.

Bajo esta visión del género como construcción social se establece la idea de “violencia de género”. De esta manera se instala la idea-fuerza de que el hombre es agresivo y violento or naturaleza y que la mujer es pacifista y víctima indefensa. Con una pisca de sentido común siempre se va a concluir que la violencia se debe condenar en todo sentido, sean cuales fuesen las fuentes y las causas. Es más que justa la lucha por darle voz a los que sufren y padecen algún tipo de maltrato, como es el caso de las mujeres. Esto debe ocurrir siempre y cuando la justicia prime y se lleve a cabo un análisis y un proceso igualitario en todo aspecto. Pero esto es lo que precisamente no sucede y más que nada cuando vemos el bombardeo mediático demonizando al hombre. Esta es la clave para entender la trampa de la frase ‘Ni Una Menos’. La verdadera frase tendría que ser ‘Nadie Menos’: Ni mujeres, ni hombres, ni ancianos, ni niños, ni trabajadores ni estudiantes. En realidad todos somos víctimas de un sistema de degradación cultural siempre al servicio del Nuevo Orden Mundial. Se bombardea una y otra vez de que la “violencia de género” es unidireccional, solamente del hombre hacia la mujer.

Conclusión

El feminismo se ha alejado abruptamente de su primigenia y legítima igualdad entre hombres y mujeres, transmutándose en un sistema de creencias que distorsiona la realidad basada en la misandria y en la cultura de la victimización de la mujer. Por eso es la ideología del hembrismo, de un machismo a la inversa. Al establecer las bases del androcentrismo patriarcal (en donde supuestamente se oprime y se subyuga a las mujeres), el feminismo establece toda una histeria colectiva contra lo masculino. Po eso, al generar un odio visceral y una aversión hacia todo lo varonil o masculino se convierte en una misandria. ¿Se podría decir que mujeres poderosas en su momento como Margaret Thatcher, Hillary Clinton, Christine Lagarde o Ángela Merkel forman parte del “sexo oprimido” según las tesis feministas?.

En los primeros años de la década de 1990 el locutor de radio y comentarista estadounidense Rush Limbaugh popularizó el término peyorativo "feminazi", asociando de manera burda algunas corrientes feministas con un pretendido “nazismo”. Nada más alejado de la realidad que esto tanto desde lo ideológico como desde lo político y cultural. Se trata de la subversión cultural marxista, que tiene como objetivo dividir y fracturar a la sociedad a través de la fabricación de conflictos artificiales, en este caso conflictos abstractos sexistas entre los hombres y las mujeres. Conflictos que parten precisamente de la base de que la mujer es objeto persistente de opresión por parte del hombre y que la mujer misma no es diferente del hombre y que a su vez es capaz de desempeñar todas las funciones que éste realiza. O sea, es un movimiento que utiliza como pantalla una supuesta reivindicación de derechos de las mujeres para así esconder su verdadera naturaleza, la fabricación de conflictos artificiales entre hombres y mujeres como factor de división dentro de una Comunidad Nacional.

Detrás de la guerra de sexos del marxismo cultural, detrás del feminismo como ideología del hembrismo se encuentra la Escuela de Frankfurt, el germen antinatural y destructor de la vida de los pueblos, la gran usina ideológica-educativa y psicológica-propagandística del Nuevo Orden Mundial que opera para desarticular y dominar a los Pueblos desde sus mismísimos cimientos internos. Por eso se hace más que imperioso establecer las bases de un Nuevo Orden Social Patriótico para que ponga un real freno a este germen destructivo de la Familia, de la Tradición, de la Vida y de los sanos valores culturales.



Darío Coria, Secretario de Educación y Cultura del Partido Bandera Vecinal. Conductor del programa radial partidario "Estirpe Nacional".

29-12-2018

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