La Historia Oficial -de cuño liberal-masónica-, siempre nos ha hecho creer a través de un sistemático aparato educativo y propagandístico que los caudillos federales del siglo XIX fueron ignorantes y bárbaros, cuando no los principales responsables (o los únicos) de la violencia política en nuestro país. Sería muy largo enumerar los casos de ejecución y fusilamientos ordenados por los “civilizados” del procerato liberal tales como Bernardino Rivadavia, Bartolomé Mitre o Domingo Faustino Sarmiento, por citar algunos ejemplos paradigmáticos.
Es esa misma Historia Oficial la que califica
al gobierno de Don Juan Manuel de Rosas (1835-1852) como de “tiranía”, no sólo
descontextualizando el proceso político de nuestro pasado nacional sino
tergiversando los hechos. Como muestra del terrible caos, de lucha interna y
anarquía que vivía el país, baste señalar sin ir más lejos el asesinato del
principal caudillo federal del noroeste argentino, Facundo Quiroga. El “Tigre
de los Llanos” fue asesinado por los unitarios el 16 de febrero de 1835, lo que
constituyó un verdadero crimen de Lesa Patria.
Sobre este espantoso hecho y teniendo en
cuenta el advenimiento de Rosas al poder, el historiador revisionista Ernesto
Palacio explica con claridad meridiana en su “Historia de la Argentina”: “La muerte de
Quiroga provocó una gran conmoción en todo el país. En el primer momento se la
consideró como el comienzo de un plan unitario para eliminar a los hombres
prominentes de la Federación. En Buenos Aires, Maza presentó su renuncia. Los
federales doctrinarios, que hasta entonces se resistían a aceptar los puntos de
vista de Rosas sobre la necesidad de un gobierno fuerte, comprendían al cabo
que no le faltaba razón”.
En tal sentido, el día 13 de abril de 1835 Rosas
asumió la Primera Magistratura Nacional con la Suma del Poder Público, proclamando
un recordado y fuerte discurso político: "He admitido con el voto casi unánime
de la ciudad y de la campaña la investidura de un poder sin límites, que a
pesar de su odiosidad, lo he considerado absolutamente necesario para sacar a la Patria del abismo de males en
que la lloramos sumergida. Para tamaña empresa mis esperanzas han sido libradas
a una especial protección del cielo. Ninguno ignora que una fracción numerosa
de hombres corrompidos, haciendo alarde de su impiedad y poniéndose en guerra
abierta con la religión, la honestidad y la buena fe, ha introducido por todas
partes el desorden y la inmoralidad, ha desvirtuado las leyes, generalizado los
crímenes, garantido la alevosía y la perfidia. El remedio a estos males no
puede sujetarse a formas y su aplicación debe ser pronta y expedita. La Divina
Providencia nos ha puesto en esta terrible situación para probar nuestra virtud
y constancia. Persigamos de muerte al impío, al sacrílego, al ladrón, al
homicida y sobre todo al pérfido y traidor que tenga la osadía de burlarse de
nuestra buena fe. Que de esta raza de monstruos no quede uno entre nosotros y
que su persecución sea tan tenaz y vigorosa que sirva de terror y de espanto...
El Todo Poderoso dirigirá nuestros pasos".
Vale
decir, si Rosas hubiera ejercido el gobierno con debilidad en esta terrible
época que le tocó gobernar, las conspiraciones y los motines se hubieran
sucedido a diario. Por consiguiente se hizo más que necesaria establecer una
vigilancia extrema para contrarrestar la sorda y criminal campaña unitaria. La
Sociedad Popular Restauradora, también conocida con el nombre de Mazorca,
surgió hacia mediados de 1834 y fue el cuerpo de orden público elegido por el Restaurador
que trabajó en estrecha colaboración con las autoridades policiales. Y como entidad
amante del orden y de respeto hacia las autoridades gubernamentales se dio a la
tarea –en definitiva– de combatir el accionar conspirativo y siempre activo de
los unitarios. La Mazorca no fue una banda de asesinos o cosa que se le asemeje
al servicio del Restaurador como falsamente lo sostuvo la propaganda unitaria.
Fue la consecuencia de un momento sumamente difícil por las constantes agresiones
externas que sufría la Patria y por ende por la conspiración unitaria.
Lógicamente
que hubo desbordes de pasiones, pero en 17 años de gobierno rosista no se
ejecutó ni se estableció la pena capital a tantas personas como en sólo tres
días de ocupación y saqueo de las tropas “libertadoras” del General Justo José
de Urquiza al entrar en Bueno Aires luego de producida la batalla de Caseros (3
de febrero de 1852). A su vez, la Sociedad Popular Restauradora siempre estuvo
dirigida por la aristocracia, léase por el patriciado argentino. Esto es
fácilmente explicable por el hecho de que el Federalismo Argentino siempre fue la
expresión genuina de la estirpe y de la tierra, al contrario de la facción
unitaria que siempre constituyó una oligarquía mercantil funcional a los intereses
de la Corona Británica.
Esa
idea de que Rosas encarnó una tiranía o un régimen sangriento es algo tan falso
como ridículo. Es una absurda deformación historiográfica llevada adelante con
el propósito de condenar a un gobierno políticamente incorrecto para el
Sistema. Bastaría para demostrarlo un simple análisis de estadísticas
demográficas de la época. Por ejemplo, de 1835 a 1852 los nacimientos superaron
en no menos de un 30% a las defunciones. Y yendo a un plano conceptual, la
tiranía existe cuando en tiempos de paz y de orden surge inesperadamente un
hombre que desgobierna, que viola las leyes, que dispone de los bienes y de las
personas como cosa propia y a su arbitrio.
Rosas
gobernó para el Pueblo que fue el que le concedió todas las facultades de poder,
porque sólo así se podía luchar contra el mal que asolaba a la Nación. Ahora
bien, cuando el desorden, el terror y el asesinato unitario estaban a la orden
del día ¿puede un gobernante de bien permanecer indiferente y no aplicar todas
las medidas de rigor al alcance de la mano y según las disposiciones legales?
Los fusilados por Rosas siempre fueron
rebeldes y conspiradores que una y otra vez se levantaron contra la autoridad
legítima. En tal sentido se aplicaban las leyes españolas que se encontraban
vigentes, tales como ‘Las Partidas’ y
la ‘Novísima Recopilación’. El punto
álgido de la Historia Oficial para sistematizar el concepto de “tiranía” se
apoya en los dos grandes “meses de terror rosista”, una suerte de asesinatos colectivos
supuestamente dispuestos por el Restaurador.
El primero de los “meses de terror” según la
Historia Oficial se sitúa en octubre de 1840. ¿Qué ocurrió realmente en este
mes y año? El momento era dramático: Apenas se supo en Buenos Aires del avance
del ejército del General Juan Lavalle para derrocar a Rosas, con apoyo de la
escuadra naval francesa y de los unitarios, se produjo una psicosis colectiva
entre los federales, temerosos de perder la vida en caso de triunfar los
invasores. El país vivía dos años y medio de bloqueo francés como así también
diferentes focos de conflicto e insurrecciones, como el levantamiento de los
estancieros del sur y la inestabilidad política en la Mesopotamia.
La ofensiva del General Lavalle en Entre
Ríos, el embarque de los rebeldes
“libertadores” en la escuadra extranjera, su inminente invasión a Buenos
Aires y la amenaza de ataque del almirantazgo francés en combinación con el
ejército lavallista habían contribuido a colmar la tensión nerviosa de los
habitantes de la ciudad. Durante el mes de octubre de 1840, al producirse la
estrepitosa retirada de Lavalle, federales fanáticos empezaron la cacería y
asesinaron a veinte personas. Son crímenes espontáneos y colectivos en los cuales
nada tiene que ver la Sociedad Popular Restauradora. Es el populacho exaltado y
el malevaje.
Uno de los máximos detractores de Rosas, José
Rivera Indarte, reconoce en sus “Tablas
de Sangre” que en tal “terror” sólo hubo veinte asesinatos. Rosas, ausente de
la ciudad de Buenos Aires por encontrarse en Santo Lugares para defender a la
Nación del ataque de Lavalle, nunca incitó esos crímenes. Fueron venganzas
personales ajenas a la política y producto del populacho, efecto de una locura
colectiva y de una convulsión general vivida. Rosas, una vez firmada la paz con
Francia el 29 de octubre de 1840, estableció el 31 del mismo mes desde Morón el
siguiente decreto: “Se castigará con
severas penas a cualquier individuo que atacase la persona o propiedad de argentino
o extranjero sin expresa orden escrita de autoridad competente. El robo y las
heridas, aunque fuesen leves, serán castigados con la pena de muerte”.
En referencia al otro “mes de terror”,
producido en abril de 1842, la situación fue parecida: Rosas se encontraba
ausente de la ciudad ya que preparaba su ejército para oponerse al General Paz
(como antes lo había hecho con Lavalle). Benito Hortelano, periodista, editor y
escritor español, presente en Buenos Aires para esa época, escribió en sus Memorias (después de minuciosas
averiguaciones) que los asesinatos de octubre de 1840 y abril de 1842 llegarían
tal vez a ochenta. Todavía seguía existiendo en la ciudad una psicosis
colectiva, cansancio y desesperación por las guerras que parecían inacabables.
Se creyó que el tratado de paz con Francia, que la muerte de Lavalle y demás
cabecillas unitarios traerían la paz tan anhelada, cosa que finalmente no
ocurrió, y por tal motivo la tensión fue en aumento estallando nuevamente.
Los desmanes, degüellos y asesinatos del lado
federal estuvieron una vez más a la orden del día. Pero al tomar conocimiento
de tales hechos, Rosas envió a su edecán el 19 de abril de 1842 una terminante orden
para a la jefatura de Policía, al coronel Ciríaco Cuitiño, comandante del
escuadrón de Vigilantes de Policía, y para el mayor Nicolás Mariño,
vicepresidente del Cuerpo de Serenos. La orden manifestaba “el más serio y profundo desagrado por la bárbara y feroz licencia”,
ordenando “se patrulle la ciudad y los
suburbios tanto de noche como de día”, debiendo “mandar a la cárcel pública, con grillos, a los asesinos o sospechosos
que se encuentren”.
Y a la Sociedad Popular Restauradora le cupo
la misión de reprimir estos desórdenes populares. La publicación Archivo Americano, en su número 6 del 31
de agosto de 1843 salió a la defensa de la verdad histórica contra las
calumnias de los unitarios afirmando: “Este
fue el papel honroso que desempeñaron (los mazorqueros) en los meses de octubre (de 1840) y de abril (de 1842), cuyos
desórdenes le han sido imputados (…). Las familias más expuestas al odio
público solicitan con confianza el auxilio y amparo de esta sociedad a quien la
prensa de Montevideo ha dado por escarnio el nombre de Mazorca, mientras muchos
unitarios le deben la vida (…). La Sociedad Popular no es otra cosa que una
reunión de ciudadanos federales, vecinos y propietarios, amantes de la
libertad, del honor y de la dignidad de la patria”.
Rosas
no representó ninguna tiranía como burdamente lo sostiene la Historia Oficial. Si
bien concentró el poder de manera total y omnipresente –producto del terrible
momento que se vivía– lo suyo fue justamente una encarnación democrática ya que
su gobierno fue de raigambre popular. Previo a la toma del poder con las
facultades extraordinarias (otorgadas legalmente por la Legislatura porteña) al
Restaurador lo plebiscitaron precisamente con el voto del pueblo de Buenos
Aires.
Darío Coria, Secretario de Educación
y Cultura del Partido Bandera Vecinal. Conductor del programa radial partidario
"Estirpe Nacional".
28-02-2019

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