jueves, 28 de marzo de 2019

ROSAS Y SU DESTINO FINAL EN INGLATERRA, ¿CONTRADICCIÓN?


La batalla de Caseros -3 de febrero de 1852- fue sin lugar a dudas un acontecimiento que marcó un antes y un después en el destino nacional. La consecuencia más importante fue la disolución de un sistema político independiente de toda forma de dominación extranjera, estableciéndose en adelante diferentes gobiernos funcionales a los intereses geopolíticos colonialistas del Orden Mundial plutocrático-capitalista en expansión, con la Banca Rothschild a la cabeza. Vamos a dejar de ser una Nación libre para convertirnos en una miserable colonia extranjera.

 Ante el triunfo de la coalición internacional anglo-brasileña-masónica-unitaria, el Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas no tuvo más remedio que acatar el fallo adverso de las armas. Seguido de unos cuantos fieles emprendió la retirada hacia la ciudad. Y herido en su mano derecha, redactó su famosa renuncia a la Sala de Representantes en las inmediaciones de la actual Plaza Garay (barrio de Constitución). Luego se dirigió al corazón mismo de la ciudad –cubierto con sombrero y poncho para no ser reconocido– y arribó a la residencia de Robert Gore, el encargado británico de negocios en nuestro país. Como todos bien sabemos, Rosas partió definitivamente hacia Inglaterra.

Y lo que parece ser una contradicción no lo es en lo más mínimo. Lo suyo no fue un “exilio voluntario” como vulgarmente se sostiene. Fue un calvario de miseria y olvido, más específicamente fue una ruta obligada, una suerte de prisión disimulada en una granja de Southampton donde vivió humildemente para trabajar la tierra con sus propias manos. Vale decir, luego de ser derrotado, Rosas tenía dos opciones: O entregarse a los unitarios para seguramente ser fusilado por la espalda como se hizo con el coronel Martiniano Chilavert,  o entregarse al verdadero vencedor, Inglaterra. Por eso fue un destino obligado.

La táctica militar conocida como ‘deshacerse del enemigo permitiéndole escapar’ (filosofía de Sun Tzu), fue muchas veces utilizada por la Corona Británica en diferentes teatros de guerra en Europa, táctica que también se aplicaría en América. Por ende, los ingleses “recibieron” a Rosas para deshacerse de él en el sentido de tenerlo controlado en su propio país.

Si lo mataban lo hubieran convertido en un mito siempre inconveniente y amenazante; y si el Restaurador hubiese ido a otro país se podía dar el caso hipotético -y patético para los ingleses- de que regresara a la Confederación para retomar el poder. Nada mejor entonces que tenerlo controlado en el propio Imperio, para impedir cualquier intento de regreso a la ya cercenada Confederación Argentina. El respeto y la admiración que le tenían era tan grande que hasta el mismísimo Primer Ministro Lord Palmerston lo visitó en su granja y le ofreció una pensión mensual, que Rosas rechazó con dignidad.

Es que los mismos ingleses habían experimentado amargamente como su popularidad se había convertido en algo verdaderamente inmenso. Es lo que señaló con certeza, reconocimiento y autocrítica el general uruguayo anti-rosista César Díaz en sus Memorias: “Tengo una profunda convicción, forzada en los hechos que he presenciado, de que el prestigio de su poder en 1852 era tan grande o mayor tal vez de lo que había sido diez años antes, y que la sumisión y aún la confianza del pueblo en la superioridad de su genio no le habían abandonado jamás”.



Darío Coria, Secretario de Educación y Cultura del Partido Bandera Vecinal. Conductor del programa radial partidario "Estirpe Nacional".

28-03-2019

viernes, 15 de marzo de 2019

ROSAS Y LAS ISLAS MALVINAS, DERRIBANDO FALSEDADES


La historiografía liberal masónica le achaca a Juan Manuel de Rosas haber querido “entregar” las Islas Malvinas a los ingleses. Así de contundente. Pero más que explicar un argumento (ya ni siquiera un sólido argumento) lo que se hace es difamar la figura del Restaurador de las Leyes producto del odio y del fanatismo que genera la ceguera ideológica ajena al Ser Nacional. Y como estamos acostumbrados a que todo se saque de contexto, conviene aclarar este tema puntual de supuesta entrega rosista del archipiélago malvinero.

Como bien se sabe, la alevosa prepotencia colonialista británica se puso de manifiesto cuando el día 2 de enero de 1833, bajo el gobierno de Manuel Balcarce, llegó a las Malvinas la corbeta de guerra Clío. De manera insolente, su capitán Onslow intimó a las autoridades argentinas para que abandonasen las islas. El día 3 bajó a tierra, arrió la bandera argentina e izó la inglesa. Como consecuencia, el gobierno argentino protestó inmediatamente ante el secretario a cargo de la legación británica, Felipe G. Gore, quien dijo “carecer” de instrucciones para contestar.

Frente a tamaño insulto al Pabellón Nacional se va a insistir en el reclamo el día 23 de enero de 1833. A su vez, Balcarce va a enviar una circular a todas las provincias esclareciendo sobre esa política expansionista inglesa. El 17 de junio de ese mismo año Manuel Moreno (como ministro plenipotenciario del gobierno argentino) va a reclamar ante el atropello perpetrado directamente en Inglaterra y nada más ni nada menos que ante Lord Palmerston (Primer Ministro del Reino Unido).

Juan Manuel de Rosas, ya como Primera Magistratura Nacional desde 1835, siempre defendió en sus mensajes a la Legislatura los derechos argentinos sobre el archipiélago malvinero, formulando periódicamente explícitos reclamos a Gran Bretaña por la usurpación. Mientras tanto, Sarmiento desde Chile se mofaba ante el Restaurador por tales reclamaciones, opinando abiertamente sobre la cuestión y dando a entender que el “estacionamiento” (frase del sanjuanino) de Inglaterra en las Malvinas era (más allá de la invasión) algo “útil” a la humanidad y al “comercio”.

Teniendo en cuenta la pesada deuda externa que recaía sobre nuestro país desde 1824 con la banca usurera inglesa Baring Brothers, los ingleses acudieron alocadamente a Rosas para cobrarla. Deuda en definitiva que quedó como “legado para la posteridad” gracias al “reformador” Bernardino Rivadavia. Como dato significativo la garantía de cobro por dicha deuda era nada más ni nada menos que la tierra pública fiscal. En este sentido la Corona británica le va a insinuar a Rosas (según el historiador revisionista Adolfo Saldías) la entrega de las Islas Malvinas como forma de pago.

Atendiendo a la verdad histórica y sin ningún tipo de prejuicios ideológicos hay que señalar que Rosas estuvo de acuerdo con ello, pero con el siguiente gran detalle que se le escapa a los prejuiciosos historiadores liberales: Por nota oficial del 17 de febrero de 1843 la Confederación Argentina exigía que el gobierno inglés reconozca primero los derechos argentinos en las Islas Malvinas, para así el gobierno argentino seguir avanzando en la “propuesta” inglesa. Y por nota del 20 de marzo de 1844 Rosas va a insistir con su propuesta de ofrecimiento de las Malvinas, haciendo significar siempre a Inglaterra sobre los derechos legítimos que asistían a nuestro país en todo el archipiélago malvinero.

Del lado argentino era la forma más eficaz para cubrir la agobiante deuda externa. Y aquí se impone la gran pregunta (que va a dejar en evidencia la astucia de Rosas): ¿Podría el gobierno inglés reconocer una usurpación realizada por ellos mismos? Tratándose de un país con tradición pirata-saqueador-colonialista queda más que claro que no. De hecho, toda la “jurisprudencia” asentada por los ingleses y en referencia a sus potenciales enemigos en Europa se caería como un castillo de naipes.

Ahí se encuentra ni más ni menos que al genio de Rosas en materia de política internacional. Al respecto, conviene citar “El Príncipe” de Nicolás Maquiavelo, porque parece que Rosas (siempre fiel a lo que quiso para la Argentina) lo tuvo muy en cuenta: “A veces es necesario mostrar la astucia del zorro y no la garra del león”.





Darío Coria, Secretario de Educación y Cultura del Partido Bandera Vecinal. Conductor del programa radial partidario "Estirpe Nacional".

15-03-2019