La batalla de Caseros -3 de febrero de 1852-
fue sin lugar a dudas un acontecimiento que marcó un antes y un después en el
destino nacional. La consecuencia más importante fue la disolución de un
sistema político independiente de toda forma de dominación extranjera,
estableciéndose en adelante diferentes gobiernos funcionales a los intereses
geopolíticos colonialistas del Orden Mundial plutocrático-capitalista en
expansión, con la Banca Rothschild a la cabeza. Vamos a dejar de ser una Nación
libre para convertirnos en una miserable colonia extranjera.
Ante
el triunfo de la coalición internacional anglo-brasileña-masónica-unitaria, el
Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas no tuvo más remedio que acatar el
fallo adverso de las armas. Seguido de unos cuantos fieles emprendió la
retirada hacia la ciudad. Y herido en su mano derecha, redactó su famosa
renuncia a la Sala de Representantes en las inmediaciones de la actual Plaza
Garay (barrio de Constitución). Luego se dirigió al corazón mismo de la ciudad
–cubierto con sombrero y poncho para no ser reconocido– y arribó a la
residencia de Robert Gore, el encargado británico de negocios en nuestro país.
Como todos bien sabemos, Rosas partió definitivamente hacia Inglaterra.
Y lo que parece ser una contradicción no lo
es en lo más mínimo.
Lo suyo
no fue un “exilio voluntario” como vulgarmente se sostiene. Fue un calvario de
miseria y olvido, más específicamente fue una ruta obligada, una suerte de prisión
disimulada en una granja de Southampton donde vivió humildemente para trabajar
la tierra con sus propias manos. Vale decir, luego de ser derrotado, Rosas
tenía dos opciones: O entregarse a los unitarios para seguramente ser fusilado
por la espalda como se hizo con el coronel Martiniano Chilavert, o entregarse al verdadero vencedor,
Inglaterra. Por eso fue un destino obligado.
La táctica militar conocida como ‘deshacerse del enemigo permitiéndole
escapar’ (filosofía de Sun Tzu), fue muchas veces utilizada por la Corona Británica
en diferentes teatros de guerra en Europa, táctica que también se aplicaría en América.
Por ende, los ingleses “recibieron” a Rosas para deshacerse de él en el sentido
de tenerlo controlado en su propio país.
Si lo mataban lo hubieran convertido en un
mito siempre inconveniente y amenazante; y si el Restaurador hubiese ido a otro
país se podía dar el caso hipotético -y patético para los ingleses- de que
regresara a la Confederación para retomar el poder. Nada mejor entonces que
tenerlo controlado en el propio Imperio, para impedir cualquier intento de regreso
a la ya cercenada Confederación Argentina. El respeto y la admiración que le
tenían era tan grande que hasta el mismísimo Primer Ministro Lord Palmerston lo
visitó en su granja y le ofreció una pensión mensual, que Rosas rechazó con
dignidad.
Es que los mismos ingleses habían
experimentado amargamente como su popularidad se había convertido en algo
verdaderamente inmenso. Es lo que señaló con certeza, reconocimiento y
autocrítica el general uruguayo anti-rosista César Díaz en sus Memorias: “Tengo una profunda convicción, forzada en los hechos que he
presenciado, de que el prestigio de su poder en 1852 era tan grande o mayor tal
vez de lo que había sido diez años antes, y que la sumisión y aún la confianza
del pueblo en la superioridad de su genio no le habían abandonado jamás”.
Darío Coria, Secretario de Educación
y Cultura del Partido Bandera Vecinal. Conductor del programa radial partidario
"Estirpe Nacional".
28-03-2019

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