jueves, 28 de marzo de 2019

ROSAS Y SU DESTINO FINAL EN INGLATERRA, ¿CONTRADICCIÓN?


La batalla de Caseros -3 de febrero de 1852- fue sin lugar a dudas un acontecimiento que marcó un antes y un después en el destino nacional. La consecuencia más importante fue la disolución de un sistema político independiente de toda forma de dominación extranjera, estableciéndose en adelante diferentes gobiernos funcionales a los intereses geopolíticos colonialistas del Orden Mundial plutocrático-capitalista en expansión, con la Banca Rothschild a la cabeza. Vamos a dejar de ser una Nación libre para convertirnos en una miserable colonia extranjera.

 Ante el triunfo de la coalición internacional anglo-brasileña-masónica-unitaria, el Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas no tuvo más remedio que acatar el fallo adverso de las armas. Seguido de unos cuantos fieles emprendió la retirada hacia la ciudad. Y herido en su mano derecha, redactó su famosa renuncia a la Sala de Representantes en las inmediaciones de la actual Plaza Garay (barrio de Constitución). Luego se dirigió al corazón mismo de la ciudad –cubierto con sombrero y poncho para no ser reconocido– y arribó a la residencia de Robert Gore, el encargado británico de negocios en nuestro país. Como todos bien sabemos, Rosas partió definitivamente hacia Inglaterra.

Y lo que parece ser una contradicción no lo es en lo más mínimo. Lo suyo no fue un “exilio voluntario” como vulgarmente se sostiene. Fue un calvario de miseria y olvido, más específicamente fue una ruta obligada, una suerte de prisión disimulada en una granja de Southampton donde vivió humildemente para trabajar la tierra con sus propias manos. Vale decir, luego de ser derrotado, Rosas tenía dos opciones: O entregarse a los unitarios para seguramente ser fusilado por la espalda como se hizo con el coronel Martiniano Chilavert,  o entregarse al verdadero vencedor, Inglaterra. Por eso fue un destino obligado.

La táctica militar conocida como ‘deshacerse del enemigo permitiéndole escapar’ (filosofía de Sun Tzu), fue muchas veces utilizada por la Corona Británica en diferentes teatros de guerra en Europa, táctica que también se aplicaría en América. Por ende, los ingleses “recibieron” a Rosas para deshacerse de él en el sentido de tenerlo controlado en su propio país.

Si lo mataban lo hubieran convertido en un mito siempre inconveniente y amenazante; y si el Restaurador hubiese ido a otro país se podía dar el caso hipotético -y patético para los ingleses- de que regresara a la Confederación para retomar el poder. Nada mejor entonces que tenerlo controlado en el propio Imperio, para impedir cualquier intento de regreso a la ya cercenada Confederación Argentina. El respeto y la admiración que le tenían era tan grande que hasta el mismísimo Primer Ministro Lord Palmerston lo visitó en su granja y le ofreció una pensión mensual, que Rosas rechazó con dignidad.

Es que los mismos ingleses habían experimentado amargamente como su popularidad se había convertido en algo verdaderamente inmenso. Es lo que señaló con certeza, reconocimiento y autocrítica el general uruguayo anti-rosista César Díaz en sus Memorias: “Tengo una profunda convicción, forzada en los hechos que he presenciado, de que el prestigio de su poder en 1852 era tan grande o mayor tal vez de lo que había sido diez años antes, y que la sumisión y aún la confianza del pueblo en la superioridad de su genio no le habían abandonado jamás”.



Darío Coria, Secretario de Educación y Cultura del Partido Bandera Vecinal. Conductor del programa radial partidario "Estirpe Nacional".

28-03-2019

viernes, 15 de marzo de 2019

ROSAS Y LAS ISLAS MALVINAS, DERRIBANDO FALSEDADES


La historiografía liberal masónica le achaca a Juan Manuel de Rosas haber querido “entregar” las Islas Malvinas a los ingleses. Así de contundente. Pero más que explicar un argumento (ya ni siquiera un sólido argumento) lo que se hace es difamar la figura del Restaurador de las Leyes producto del odio y del fanatismo que genera la ceguera ideológica ajena al Ser Nacional. Y como estamos acostumbrados a que todo se saque de contexto, conviene aclarar este tema puntual de supuesta entrega rosista del archipiélago malvinero.

Como bien se sabe, la alevosa prepotencia colonialista británica se puso de manifiesto cuando el día 2 de enero de 1833, bajo el gobierno de Manuel Balcarce, llegó a las Malvinas la corbeta de guerra Clío. De manera insolente, su capitán Onslow intimó a las autoridades argentinas para que abandonasen las islas. El día 3 bajó a tierra, arrió la bandera argentina e izó la inglesa. Como consecuencia, el gobierno argentino protestó inmediatamente ante el secretario a cargo de la legación británica, Felipe G. Gore, quien dijo “carecer” de instrucciones para contestar.

Frente a tamaño insulto al Pabellón Nacional se va a insistir en el reclamo el día 23 de enero de 1833. A su vez, Balcarce va a enviar una circular a todas las provincias esclareciendo sobre esa política expansionista inglesa. El 17 de junio de ese mismo año Manuel Moreno (como ministro plenipotenciario del gobierno argentino) va a reclamar ante el atropello perpetrado directamente en Inglaterra y nada más ni nada menos que ante Lord Palmerston (Primer Ministro del Reino Unido).

Juan Manuel de Rosas, ya como Primera Magistratura Nacional desde 1835, siempre defendió en sus mensajes a la Legislatura los derechos argentinos sobre el archipiélago malvinero, formulando periódicamente explícitos reclamos a Gran Bretaña por la usurpación. Mientras tanto, Sarmiento desde Chile se mofaba ante el Restaurador por tales reclamaciones, opinando abiertamente sobre la cuestión y dando a entender que el “estacionamiento” (frase del sanjuanino) de Inglaterra en las Malvinas era (más allá de la invasión) algo “útil” a la humanidad y al “comercio”.

Teniendo en cuenta la pesada deuda externa que recaía sobre nuestro país desde 1824 con la banca usurera inglesa Baring Brothers, los ingleses acudieron alocadamente a Rosas para cobrarla. Deuda en definitiva que quedó como “legado para la posteridad” gracias al “reformador” Bernardino Rivadavia. Como dato significativo la garantía de cobro por dicha deuda era nada más ni nada menos que la tierra pública fiscal. En este sentido la Corona británica le va a insinuar a Rosas (según el historiador revisionista Adolfo Saldías) la entrega de las Islas Malvinas como forma de pago.

Atendiendo a la verdad histórica y sin ningún tipo de prejuicios ideológicos hay que señalar que Rosas estuvo de acuerdo con ello, pero con el siguiente gran detalle que se le escapa a los prejuiciosos historiadores liberales: Por nota oficial del 17 de febrero de 1843 la Confederación Argentina exigía que el gobierno inglés reconozca primero los derechos argentinos en las Islas Malvinas, para así el gobierno argentino seguir avanzando en la “propuesta” inglesa. Y por nota del 20 de marzo de 1844 Rosas va a insistir con su propuesta de ofrecimiento de las Malvinas, haciendo significar siempre a Inglaterra sobre los derechos legítimos que asistían a nuestro país en todo el archipiélago malvinero.

Del lado argentino era la forma más eficaz para cubrir la agobiante deuda externa. Y aquí se impone la gran pregunta (que va a dejar en evidencia la astucia de Rosas): ¿Podría el gobierno inglés reconocer una usurpación realizada por ellos mismos? Tratándose de un país con tradición pirata-saqueador-colonialista queda más que claro que no. De hecho, toda la “jurisprudencia” asentada por los ingleses y en referencia a sus potenciales enemigos en Europa se caería como un castillo de naipes.

Ahí se encuentra ni más ni menos que al genio de Rosas en materia de política internacional. Al respecto, conviene citar “El Príncipe” de Nicolás Maquiavelo, porque parece que Rosas (siempre fiel a lo que quiso para la Argentina) lo tuvo muy en cuenta: “A veces es necesario mostrar la astucia del zorro y no la garra del león”.





Darío Coria, Secretario de Educación y Cultura del Partido Bandera Vecinal. Conductor del programa radial partidario "Estirpe Nacional".

15-03-2019

miércoles, 27 de febrero de 2019

ROSAS Y LA "TIRANÍA"


  La Historia Oficial -de cuño liberal-masónica-, siempre nos ha hecho creer a través de un sistemático aparato educativo y propagandístico que los caudillos federales del siglo XIX fueron ignorantes y bárbaros, cuando no los principales responsables (o los únicos) de la violencia política en nuestro país. Sería muy largo enumerar los casos de ejecución y fusilamientos ordenados por los “civilizados” del procerato liberal tales como Bernardino Rivadavia, Bartolomé Mitre o Domingo Faustino Sarmiento, por citar algunos ejemplos paradigmáticos.

Es esa misma Historia Oficial la que califica al gobierno de Don Juan Manuel de Rosas (1835-1852) como de “tiranía”, no sólo descontextualizando el proceso político de nuestro pasado nacional sino tergiversando los hechos. Como muestra del terrible caos, de lucha interna y anarquía que vivía el país, baste señalar sin ir más lejos el asesinato del principal caudillo federal del noroeste argentino, Facundo Quiroga. El “Tigre de los Llanos” fue asesinado por los unitarios el 16 de febrero de 1835, lo que constituyó un verdadero crimen de Lesa Patria.

Sobre este espantoso hecho y teniendo en cuenta el advenimiento de Rosas al poder, el historiador revisionista Ernesto Palacio explica con claridad meridiana en su “Historia de la Argentina”: “La muerte de Quiroga provocó una gran conmoción en todo el país. En el primer momento se la consideró como el comienzo de un plan unitario para eliminar a los hombres prominentes de la Federación. En Buenos Aires, Maza presentó su renuncia. Los federales doctrinarios, que hasta entonces se resistían a aceptar los puntos de vista de Rosas sobre la necesidad de un gobierno fuerte, comprendían al cabo que no le faltaba razón”.

En tal sentido, el día 13 de abril de 1835 Rosas asumió la Primera Magistratura Nacional con la Suma del Poder Público, proclamando un recordado y fuerte discurso político: "He admitido con el voto casi unánime de la ciudad y de la campaña la investidura de un poder sin límites, que a pesar de su odiosidad, lo he considerado absolutamente necesario para sacar a la Patria del abismo de males en que la lloramos sumergida. Para tamaña empresa mis esperanzas han sido libradas a una especial protección del cielo. Ninguno ignora que una fracción numerosa de hombres corrompidos, haciendo alarde de su impiedad y poniéndose en guerra abierta con la religión, la honestidad y la buena fe, ha introducido por todas partes el desorden y la inmoralidad, ha desvirtuado las leyes, generalizado los crímenes, garantido la alevosía y la perfidia. El remedio a estos males no puede sujetarse a formas y su aplicación debe ser pronta y expedita. La Divina Providencia nos ha puesto en esta terrible situación para probar nuestra virtud y constancia. Persigamos de muerte al impío, al sacrílego, al ladrón, al homicida y sobre todo al pérfido y traidor que tenga la osadía de burlarse de nuestra buena fe. Que de esta raza de monstruos no quede uno entre nosotros y que su persecución sea tan tenaz y vigorosa que sirva de terror y de espanto... El Todo Poderoso dirigirá nuestros pasos".

Vale decir, si Rosas hubiera ejercido el gobierno con debilidad en esta terrible época que le tocó gobernar, las conspiraciones y los motines se hubieran sucedido a diario. Por consiguiente se hizo más que necesaria establecer una vigilancia extrema para contrarrestar la sorda y criminal campaña unitaria. La Sociedad Popular Restauradora, también conocida con el nombre de Mazorca, surgió hacia mediados de 1834 y fue el cuerpo de orden público elegido por el Restaurador que trabajó en estrecha colaboración con las autoridades policiales. Y como entidad amante del orden y de respeto hacia las autoridades gubernamentales se dio a la tarea –en definitiva– de combatir el accionar conspirativo y siempre activo de los unitarios. La Mazorca no fue una banda de asesinos o cosa que se le asemeje al servicio del Restaurador como falsamente lo sostuvo la propaganda unitaria. Fue la consecuencia de un momento sumamente difícil por las constantes agresiones externas que sufría la Patria y por ende por la conspiración unitaria.

Lógicamente que hubo desbordes de pasiones, pero en 17 años de gobierno rosista no se ejecutó ni se estableció la pena capital a tantas personas como en sólo tres días de ocupación y saqueo de las tropas “libertadoras” del General Justo José de Urquiza al entrar en Bueno Aires luego de producida la batalla de Caseros (3 de febrero de 1852). A su vez, la Sociedad Popular Restauradora siempre estuvo dirigida por la aristocracia, léase por el patriciado argentino. Esto es fácilmente explicable por el hecho de que el Federalismo Argentino siempre fue la expresión genuina de la estirpe y de la tierra, al contrario de la facción unitaria que siempre constituyó una oligarquía mercantil funcional a los intereses de la Corona Británica.

Esa idea de que Rosas encarnó una tiranía o un régimen sangriento es algo tan falso como ridículo. Es una absurda deformación historiográfica llevada adelante con el propósito de condenar a un gobierno políticamente incorrecto para el Sistema. Bastaría para demostrarlo un simple análisis de estadísticas demográficas de la época. Por ejemplo, de 1835 a 1852 los nacimientos superaron en no menos de un 30% a las defunciones. Y yendo a un plano conceptual, la tiranía existe cuando en tiempos de paz y de orden surge inesperadamente un hombre que desgobierna, que viola las leyes, que dispone de los bienes y de las personas como cosa propia y a su arbitrio.

Rosas gobernó para el Pueblo que fue el que le concedió todas las facultades de poder, porque sólo así se podía luchar contra el mal que asolaba a la Nación. Ahora bien, cuando el desorden, el terror y el asesinato unitario estaban a la orden del día ¿puede un gobernante de bien permanecer indiferente y no aplicar todas las medidas de rigor al alcance de la mano y según las disposiciones legales?

Los fusilados por Rosas siempre fueron rebeldes y conspiradores que una y otra vez se levantaron contra la autoridad legítima. En tal sentido se aplicaban las leyes españolas que se encontraban vigentes, tales como ‘Las Partidas’ y la ‘Novísima Recopilación’. El punto álgido de la Historia Oficial para sistematizar el concepto de “tiranía” se apoya en los dos grandes “meses de terror rosista”, una suerte de asesinatos colectivos supuestamente dispuestos por el Restaurador.

El primero de los “meses de terror” según la Historia Oficial se sitúa en octubre de 1840. ¿Qué ocurrió realmente en este mes y año? El momento era dramático: Apenas se supo en Buenos Aires del avance del ejército del General Juan Lavalle para derrocar a Rosas, con apoyo de la escuadra naval francesa y de los unitarios, se produjo una psicosis colectiva entre los federales, temerosos de perder la vida en caso de triunfar los invasores. El país vivía dos años y medio de bloqueo francés como así también diferentes focos de conflicto e insurrecciones, como el levantamiento de los estancieros del sur y la inestabilidad política en la Mesopotamia.

La ofensiva del General Lavalle en Entre Ríos, el embarque de los rebeldes  “libertadores” en la escuadra extranjera, su inminente invasión a Buenos Aires y la amenaza de ataque del almirantazgo francés en combinación con el ejército lavallista habían contribuido a colmar la tensión nerviosa de los habitantes de la ciudad. Durante el mes de octubre de 1840, al producirse la estrepitosa retirada de Lavalle, federales fanáticos empezaron la cacería y asesinaron a veinte personas. Son crímenes espontáneos y colectivos en los cuales nada tiene que ver la Sociedad Popular Restauradora. Es el populacho exaltado y el malevaje.

Uno de los máximos detractores de Rosas, José Rivera Indarte, reconoce en sus “Tablas de Sangre” que en tal “terror” sólo hubo veinte asesinatos. Rosas, ausente de la ciudad de Buenos Aires por encontrarse en Santo Lugares para defender a la Nación del ataque de Lavalle, nunca incitó esos crímenes. Fueron venganzas personales ajenas a la política y producto del populacho, efecto de una locura colectiva y de una convulsión general vivida. Rosas, una vez firmada la paz con Francia el 29 de octubre de 1840, estableció el 31 del mismo mes desde Morón el siguiente decreto: “Se castigará con severas penas a cualquier individuo que atacase la persona o propiedad de argentino o extranjero sin expresa orden escrita de autoridad competente. El robo y las heridas, aunque fuesen leves, serán castigados con la pena de muerte”.

En referencia al otro “mes de terror”, producido en abril de 1842, la situación fue parecida: Rosas se encontraba ausente de la ciudad ya que preparaba su ejército para oponerse al General Paz (como antes lo había hecho con Lavalle). Benito Hortelano, periodista, editor y escritor español, presente en Buenos Aires para esa época, escribió en sus Memorias (después de minuciosas averiguaciones) que los asesinatos de octubre de 1840 y abril de 1842 llegarían tal vez a ochenta. Todavía seguía existiendo en la ciudad una psicosis colectiva, cansancio y desesperación por las guerras que parecían inacabables. Se creyó que el tratado de paz con Francia, que la muerte de Lavalle y demás cabecillas unitarios traerían la paz tan anhelada, cosa que finalmente no ocurrió, y por tal motivo la tensión fue en aumento estallando nuevamente.

Los desmanes, degüellos y asesinatos del lado federal estuvieron una vez más a la orden del día. Pero al tomar conocimiento de tales hechos, Rosas envió a su edecán el 19 de abril de 1842 una terminante orden para a la jefatura de Policía, al coronel Ciríaco Cuitiño, comandante del escuadrón de Vigilantes de Policía, y para el mayor Nicolás Mariño, vicepresidente del Cuerpo de Serenos. La orden manifestaba “el más serio y profundo desagrado por la bárbara y feroz licencia”, ordenando “se patrulle la ciudad y los suburbios tanto de noche como de día”, debiendo “mandar a la cárcel pública, con grillos, a los asesinos o sospechosos que se encuentren”.

Y a la Sociedad Popular Restauradora le cupo la misión de reprimir estos desórdenes populares. La publicación Archivo Americano, en su número 6 del 31 de agosto de 1843 salió a la defensa de la verdad histórica contra las calumnias de los unitarios afirmando: “Este fue el papel honroso que desempeñaron (los mazorqueros) en los meses de octubre (de 1840) y de abril (de 1842), cuyos desórdenes le han sido imputados (…). Las familias más expuestas al odio público solicitan con confianza el auxilio y amparo de esta sociedad a quien la prensa de Montevideo ha dado por escarnio el nombre de Mazorca, mientras muchos unitarios le deben la vida (…). La Sociedad Popular no es otra cosa que una reunión de ciudadanos federales, vecinos y propietarios, amantes de la libertad, del honor y de la dignidad de la patria”.             

Rosas no representó ninguna tiranía como burdamente lo sostiene la Historia Oficial. Si bien concentró el poder de manera total y omnipresente –producto del terrible momento que se vivía– lo suyo fue justamente una encarnación democrática ya que su gobierno fue de raigambre popular. Previo a la toma del poder con las facultades extraordinarias (otorgadas legalmente por la Legislatura porteña) al Restaurador lo plebiscitaron precisamente con el voto del pueblo de Buenos Aires.



Darío Coria, Secretario de Educación y Cultura del Partido Bandera Vecinal. Conductor del programa radial partidario "Estirpe Nacional".

28-02-2019

sábado, 2 de febrero de 2019

CASEROS, LA MAYOR TRAGEDIA POLÍTICA ARGENTINA


Cuando el Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas había alcanzado el mayor de los prestigios, la mayor de las glorias –después de sus memorables triunfos contra la agresión colonialista anglo-francesa– comenzó a gestarse la coalición que finalmente habría de derrocarlo. Su caída política, producida el día 3 de febrero de 1852 en la batalla de Caseros, no debe interpretarse como una mera disputa interna por el poder.

Su derrocamiento fue planeado por el Poder Mundial del Dinero, y se orquestó a través de una coalición internacional encabezada por la diplomacia británica (conjuntamente con la Masonería Internacional), el Imperio del Brasil y el instrumento para esta acción, el General Justo José de Urquiza, por entonces gobernador de la provincia de Entre Ríos. Tanto la política exterior imperial brasileña como la británica coincidían en los intereses expansivos económicos y geopolíticos, y no descansaban en su intento de querer imponer la libre navegación de nuestros ríos como así también el sistema de libre cambio.

Ambas cancillerías utilizaron la astucia en el sentido de ganarse el apoyo de los enemigos internos de Rosas. Y la presa más codiciada fue el general Urquiza, que además de ser el gobernador entrerriano estaba a cargo de ejército más poderoso del que disponía la Confederación. Los unitarios le hicieron creer a este gobernador timorato y falto de carácter que la mayor de las glorias para la “civilización y el progreso” era derrocar a la primera magistratura nacional; que se debía actuar en nombre de una supuesta libertad.

La ambición personal de Urquiza de aliarse con los brasileños se debió a que Rosas había adoptado poner fin al espurio comercio que tanto había enriquecido al entrerriano. Urquiza traficaba con oro, transgrediendo la Ley Nacional de Aduanas y menoscabando de esta manera el Bien Común de los argentinos. Claro que encubrió sus verdaderas motivaciones alegando que se pronunciaba en contra del Restaurador para dar al país una constitución y para terminar con una “tiranía”.

De esta manera los acontecimientos se van a precipitar. En mayo de 1851 se firmó la alianza ofensiva/defensiva entre el Imperio del Brasil, el ilegítimo gobierno uruguayo de Rivera (quien había derrocado a su presidente legítimo Manuel Oribe) y la gobernación de Entre Ríos. La excusa de esta alianza fue querer pacificar al Estado oriental. Pero ninguno de los gobiernos provinciales respondió al llamado salvo Corrientes, provincia satélite de Urquiza. Esta actitud del gobernador entrerriano provocó en el país una gran ola de escándalo e indignación, en donde se lo acusó lisa y llanamente de traidor. Por consiguiente, el 18 de agosto de 1851 la Confederación Argentina le declaró formalmente la guerra al Imperio del Brasil. El 21 de noviembre de este mismo año se firmó en Montevideo la alianza entre el Brasil, Entre Ríos, Corrientes como agregada, y el Estado oriental para llevar adelante esta cruzada en nombre de una hipócrita libertad.

Urquiza concentró sus fuerzas en Gualeguaychú. Con la incorporación de sus ambiciosos aliados reunió en total 24.000 hombres, que en su vanidad lo denominó ‘Ejército Grande’, comenzando de esta manera el cruce del río Paraná. Tanto la caballada como el material bélico fueron transportados en navíos brasileños. Casi sin obstáculos prosiguió su marcha. El 31 de enero de 1852 el General Ángel Pacheco hizo retirar de manera inexplicable a sus 5.000 hombres –la columna vanguardia de la defensa – en lo que se conoció como Puente de Márquez, en el oeste de la provincia de Buenos Aires. Según lo descripto por algunos historiadores en realidad Pacheco ya se había entendido de manera secreta con Urquiza.

La famosa batalla de Caseros –oeste del Gran Buenos Aires– se inició por la mañana del día 3 de febrero. La defensa nacional contó con 22.000 soldados más 60 cañones, aunque con muy poca munición. Fue un combate realmente encarnizado que se libró por espacio de dos horas, constituyendo los brasileños el verdadero y disciplinado ejército enemigo. Urquiza no ganó en Caseros, fue un simple conductor de las pocas tropas de caballería argentina que lo acompañaron en la deslealtad y en la traición. El verdadero vencedor en el campo de batalla fue el brigadier brasilero Marques de Souza. Es más, en Brasil se considera a Caseros como un triunfo propio, una suerte de desquite por la batalla de Ituzaingó librada el 20 de febrero de 1827.      

Rosas, que había presenciado la batalla a una cierta distancia, no tuvo más remedio que acatar el fallo adverso de las armas. Y seguido de unos cuantos fieles emprendió la retirada hacia la ciudad. Herido en su mano derecha y en las inmediaciones de la actual Plaza Constitución redactó su famosa renuncia a la Sala de Representantes. Luego se dirigió al corazón de la ciudad –cubierto con sombrero y poncho para no ser reconocido– y arribó a la residencia del inglés Robert Gore, el encargado británico de negocios en nuestro país, para luego partir definitivamente hacia Inglaterra.

Y lo que parece ser contradictorio no lo es en lo más mínimo. Lo suyo no fue un “exilio” como vulgarmente se sostiene. Fue una prisión disimulada en una granja de Southampton, donde vivió humildemente. Esta fue la estrategia inglesa conocida como deshacerse del enemigo permitiéndole escapar, estrategia que utilizaron muchas veces y en diferentes teatros de guerra. Vale decir, luego de ser derrotado en Caseros, Rosas tenía dos opciones: O entregarse a los unitarios para seguramente ser fusilado o entregarse al verdadero vencedor, Inglaterra. Lo suyo fue un destino obligado. Los ingleses lo “recibieron” para deshacerse de él en el sentido de tenerlo controlado en su propio país. Si lo mataban lo hubieran convertido en un mito. Y si el Restaurador hubiera ido a otro país se podía dar el caso hipotético de que regresara a la Confederación para retomar el poder.

La consecuencia más importante de la caída política de Rosas fue la disolución de un sistema político independiente de toda forma de dominación extranjera, estableciéndose en adelante diferentes gobiernos funcionales a los intereses geopolíticos colonialistas del Orden Mundial capitalista financiero en expansión. Vamos a dejar de ser una Nación Libre para convertirnos en una miserable colonia extranjera. El librecambio y la libre navegación de nuestros ríos van a estar a la cabeza como dogmas indiscutibles. A partir de entonces se comenzó a inventar un nuevo país. En nombre de la libertad de comercio se arrasó con las manufacturas criollas que tanto habían prosperado desde 1835 en adelante. Brasil sacó su enorme tajada al obtener las Misiones orientales, la libre navegación de nuestros ríos, la independencia del Paraguay (que Rosas sistemáticamente nunca reconoció por considerarla parte integrante del Virreinato), y la hegemonía sobre Uruguay y Argentina.

Se llevó adelante también una sistemática matanza de nativos, prevaleciendo lo que se daba a conocer como ‘inutilidad del criollo’. Era ni más ni menos que el efecto buscado por los liberales: Propiciar un rebaje psicológico y moral en el argentino mismo, acabar con la soberanía de lo propio, con la soberanía de lo autónomo, con el verdadero Arquetipo. En definitiva, esta fue la característica esencial de lo que vulgarmente se conoció como “período de la Organización Nacional”, que de nacional no tuvo nada, donde evidentemente nos organizarían pero con una mentalidad de colonia. Y todo ello en nombre de una civilización pero entendida como algo propio de extranjeros, de europeos, y entendiendo por bárbaro (en el mismo lenguaje liberal) todo aquello que era argentino y criollo. De la misma manera se empezó a considerar de tiránico al más popular de los gobiernos habidos en el siglo XIX, comenzándose también a denominar “democráticos” a los nuevos gobiernos post-Caseros que en verdad constituyeron verdaderas oligarquías que gobernaron de espaldas a los intereses de la Nación.

La batalla de Caseros fue la mayor calamidad política de nuestra historia. Sin lugar a dudas se frustraba el destino nacional. La Confederación Argentina respetada, gloriosa, fuerte, con su difícil unidad política lograda (y cuyo ejemplo más patente fue la resistencia al colonialismo extranjero) pasaba a ser un recuerdo melancólico. Comenzó a inventarse otro país conforme a los parámetros de la Masonería y del capitalismo financiero internacional. Una anti-Argentina, de espaldas a la Argentina real y en contra de su verdadero Ser. Un anti-Estado, como el actual que tenemos, que asegura el gobierno de los peores y la sumisión a la plutocracia capitalista.

Ese Espíritu de Libertad degradado es el que los argentinos debemos recuperar en la actualidad. Sin Soberanía Política ningún gobierno puede tomar decisiones plenas ni administrar justicia en base al Bien Común. La clave siempre estará en disponer de total libertad de acción. No estar manipulado por sectores concentrados de la economía o por cualquier forma de dominación extranjera (ya sea la dominación de tipo militar, ideológica, política, económica/financiera o cultural). Debemos volver a tener una Nación Grande, una Nación Fuerte e Independiente como en los tiempos de Don Juan Manuel de Rosas. Y que los cipayos y delincuentes que gobiernan hoy en día a la Argentina (que son del mismo linaje a los de Caseros) paguen por todo el daño hecho.



Darío Coria, Secretario de Educación y Cultura del Partido Bandera Vecinal. Conductor del programa radial partidario "Estirpe Nacional".


03-02-2019

jueves, 17 de enero de 2019

EL FALSO HÉROE Y SU FALSA DOCTRINA


Ernesto “Che” Guevara es una suerte de “paradigma” de rebeldía juvenil que está estampado en infinidades de remeras que se venden, vaya paradoja, bajo el sistema capitalista. Se lo retrata como un revolucionario, como un luchador por la democracia y las libertades, algo así como un “mártir” del bien común social. Pero la realidad fue muy distinta ya que a través de sus teorizaciones se buscó la toma del poder en toda América Latina y de una manera totalmente violenta y sanguinaria: La lucha armada guerrillera buscó implementar a nivel continental una dictadura totalitaria marxista-comunista.

Fue el primero en América Latina que teorizó sobre el concepto de guerrilla, que según él mismo fue algo que surgió de la experiencia que tuvo junto a Fidel Castro durante la lucha armada contra la dictadura de Fulgencio Batista en Sierra Maestra, Cuba, y su consiguiente derrocamiento en enero de 1959. Guevara explica las premisas y principios fundamentales por los cuales se debe construir toda insurgencia guerrillera.

De sus teorizaciones se desprenden groseros errores (que a la larga pueden explicar su inevitable fracaso y fin en Bolivia en 1967). Siempre parte de una irreal situación política ya que sistemáticamente da una visión falsamente ideologizada y ajena al sentido común. En “Guerra de Guerrillas”, su principal obra, sostiene: “(…) Tres aportaciones básicas y fundamentales hizo la Revolución Cubana a la mecánica de los movimientos revolucionarios de América, son ellas: 1) Las fuerzas populares pueden ganar un guerra contra el ejército regular; 2) No siempre es necesario que se den todas las condiciones para la revolución, el foco puede crearlas; 3) En América subdesarrollada el terreno de la lucha armada debe ser fundamentalmente el campo”.

De su grosero análisis se desprende lo siguiente: Sin el apoyo total de una población (tanto campesina como urbana) el movimiento insurgente siempre se va a constituir en un grupo violento que va a matar ante la indiferencia o el odio general. Priorizar la guerrilla en el ámbito rural y subordinar las acciones urbanas como algo secundario (o en todo caso como apoyo a las primeras en hombres, pertrechos bélicos, agitaciones obreras y estudiantiles, etc.) también demuestra una gran falta de visión.

Según el guevarismo, se debe priorizar la lucha en el campo porque precisamente las condiciones de vida son más duras en cuanto a la explotación y la opresión, constituyendo los campesinos, así, el enorme potencial insurgente. Más aún, se establece que un enfrentamiento de fuerzas irregulares mezcladas con el campesinado y luchando en un hábitat natural hacen que las FFAA resulten a la larga impotentes. Pero hasta el trotskismo (más allá de lo aberrante como teoría) descalificó esa “tesis” de exportación para toda América Latina al establecer que en realidad son las masas populares las verdaderas protagonistas en vez de un foco guerrillero rural.

En “Crear Dos, Tres… Muchos Vietnam es la Consigna”, otra de sus obras de cabecera, Guevara nos ilustra cómo debe ser de “democrática” la esencia de la lucha guerrillera: “El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así”.

En cuanto a su “lucha” contra las dictaduras latinoamericanas lo que sistemáticamente se oculta es que según su concepción cualquier gobierno ubicado en las esferas del “capitalismo” era considerado una dictadura. Es decir, se debía llevar adelante el foco guerrillero y más allá de la índole del gobierno, así se tratare de una dictadura o de una democracia ultra-legalista. Es tal cual lo afirma en “Guerra de Guerrillas”: “No debemos admitir que la palabra Democracia utilizada en forma apologética para representar la dictadura de las clases explotadoras pierda su profundidad de concepto y adquiera el de ciertas libertades más o menos óptimas dadas al ciudadano. Luchar por conseguir la restauración de cierta legalidad burguesa, sin plantearse, en cambio, el problema del poder revolucionario, es luchar para retornar a cierto orden dictatorial preestablecido por las clases sociales dominantes”.

En definitiva, de una experiencia vivida en Cuba Guevara quiso torpemente generalizar una doctrina para ser aplicada a toda América Latina. No todos los países latinoamericanos eran Cuba ni mucho menos se daba el mismo proceso político y económico como para aplicarse esos “principios”. Inclusive en el triunfo de la Revolución Cubana hay mucha tergiversación. El enfrentamiento con las fuerzas de Batista consistió más que nada en escaramuzas y combates con un muy reducido número de bajas. Los soldados batistianos carecieron siempre de una moral de combate, no estando muy lejos de deponer las armas por arreglos económicos con el enemigo. Y de una guerra de estas características no se pueden deducir postulados básicos para encarar otras, y mucho menos a nivel continental.

La base de su doctrina es toda una vil falacia. El desgraciado recuerdo de las guerrillas marxistas con su impronta de odio, resentimiento, terrorismo y disfrazadas bajos los conceptos de “liberación” y de “amor a la humanidad” nos deja una lección más que clara. Nos permite ver como se puede luchar, como se puede matar y como se puede morir por una abstracción ideológica, por algo que no puede estar nunca plasmado por ser una utopía pura: El comunismo, tan irreal y falso como el Che Guevara.



Darío Coria, Secretario de Educación y Cultura del Partido Bandera Vecinal. Conductor del programa radial partidario "Estirpe Nacional".


17-01-2019

martes, 15 de enero de 2019

LA REVOLUCIÓN CUBANA, SU LEGADO A 60 AÑOS


  El 1° de enero pasado se cumplieron 60 años del triunfo de la Revolución Cubana, sin lugar a dudas un acontecimiento de grandes repercusiones geopolíticas que marcó un antes y un después en toda la historia de América Latina. Con el derrocamiento del dictador Fulgencio Batista, el 1° de enero de 1959, Fidel Castro Ruz deseaba construir “una nación más democrática, más próspera, más independiente y más justa”. ¿Es Cuba en la actualidad un Estado “socialista de trabajadores”? ¿Es un país soberano, con libertad política y justicia social tal como lo señala su Constitución?.

A la luz de los hechos desde 1959 a la fecha se reemplazó un régimen dictatorial pro-norteamericano por otro régimen dictatorial de corte comunista que sistemáticamente ha violado los Derechos Humanos. En Cuba no existe ni remotamente la libertad política como tampoco la libertad de expresión ni las elecciones libres. Toda voz disidente es barrida por el Partido Comunista, siendo el Estado totalitario quien controla y direcciona de manera omnipresente a la sociedad. A su vez, todo tipo de organización política por fuera del Partido Único está prohibida.


En el marco del “socialismo revolucionario” Cuba puso en práctica un modelo económico centralizado en donde el Estado es el propietario de prácticamente todos los medios de producción y en donde dirige el proceso productivo y la distribución en forma centralmente planificada. Basada en la mono-producción de azúcar, la isla se fue transformando casi desde los inicios de la Revolución en una economía totalmente dependiente de la Unión Soviética, fuertemente subsidiada para mantenerse a flote. El colapso de la URSS la obligó a buscar una mayor diversificación de su economía pero las ineficiencias de su modelo no le han permitido el progreso.

Una de las soluciones que se encontró para reemplazar la ayuda soviética fue la de los dólares del turismo extranjero (vaya paradoja). Y al dejar de recibir préstamos a largo plazo y con bajísimos intereses que la URSS le otorgaba automáticamente para cubrir su sistemático déficit comercial anual Cuba ha incumplido pagos con numerosísimos países, entre ellos con el Reino Unido, Francia, Bélgica, Canadá, España, Chile, Japón y México. A la fecha su escalofriante deuda externa con Rusia es de US$ 32,1 mil millones, con el Club de París (19 países) US$ 11,1 mil millones y con China US$6 mil millones, entre otros.

La Habana sigue dependiendo de ayuda extranjera para su estabilidad económica, hoy por hoy a través de fuertes subsidios del gobierno dictatorial comunista de Venezuela. Pero el rentable negocio del narcotráfico en Cuba fue ya desde principios de la Revolución algo más que auspicioso, manejado por un círculo cerrado de altos narco-funcionarios agrupados en torno al MINFAR (Ministerio de las Fuerzas Armadas) y el MININT (Ministerio del Interior). De esta manera se pudo consolidar el cartel de La Habana que nada tiene para envidiarle a carteles de la droga más conocidos como el de Medellín o Cali.

Desde los años ’70, bajo la responsabilidad de Raúl Castro y a través del MINFAR, se comenzó a preparar una gran infraestructura que iba a servir como centro de operaciones para el tráfico de drogas por toda Iberoamérica. Una de las principales bases se estableció en Cayo Largo (costa sur)  y posteriormente en Moa (provincia de Holguín). En esta última se encuentra instalada una de las plantas de procesamiento de drogas más importantes del mundo, construida con equipos provenientes de Alemania del Este para el procesamiento de cocaína y otras sustancias tóxicas. Este es el tan proclamado "territorio libre de América".

El régimen siempre se ha jactado por sus grandes logros en materia de salud pública y educación, en haber combatido el analfabetismo, la desnutrición, en haber aumentado el índice de esperanza de vida como así también en haber reducido la mortalidad infantil y el desempleo. Después del triunfo de la Revolución, Fidel Castro había iniciado un proceso para eliminar a los sectores medios y altos de la sociedad, principalmente a través de la tan mentada Reforma Agraria, que incluyó la nacionalización de empresas estadounidenses y la erradicación de la propiedad privada sobre los medios de producción. En su demagogia populista prometió que tras 20 años Cuba iba a tener un PBI superior al de EEUU y que iba a ser algo así como “la Suiza de América”. A los pequeños productores que se beneficiaron con la Reforma tampoco se les dio plena libertad puesto que el Estado fue siempre el que estableció qué producir y a qué precio.

De la Revolución no surgió el tan anhelado "Hombre Nuevo" proclamado por el Che Guevara ni mucho menos. De una incipiente “primavera comunista” a nivel social se pasó a un durísimo “invierno”. Si bien hubo importantes logros al comienzo -especialmente en el sistema de salud y educación- en los últimos 20 años esos avances no han sido perdurables. Ha habido un claro retroceso en muchos indicadores. Inclusive el hecho de que sistemáticamente miles de ciudadanos de la isla hayan estado dispuestos a subirse a balsas y otros objetos flotantes precarios para cruzar un mar infestado de tiburones y tratar de llegar como refugiados a EEUU es la evidencia clara de que la Revolución históricamente estuvo lejos de haber construido el tan mentado "socialismo de los trabajadores" como alguna vez se prometió.

A 60 años del acontecimiento que marcó un quiebre en América Latina, que inició un baño de sangre en América Latina en general y en Argentina en particular, en Cuba no hay libertades políticas ni existe la libertad de expresión. El estándar de vida de la población ha empeorado extremadamente con un increíble índice de pobreza actual del 90% y un salario mínimo en promedio de U$S 9. Su economía es dependiente del exterior e importa el 80% de su comida, incluido el azúcar.

Este es el tan afamado “paraíso socialista” de América Latina: Un Sistema en donde rige un capitalismo de Estado para hacer grandes negocios desde el poder; una cúpula narco-comunista que se beneficia ampliamente con el cartel de la droga cubana; un país ferozmente endeudado con la Usura Internacional y una población arrastrada al atraso, a la miseria y la postración… población anteriormente fusilada por los jerarcas de un claro régimen despótico-dictatorial.



Darío Coria, Secretario de Educación y Cultura del Partido Bandera Vecinal. Conductor del programa radial partidario "Estirpe Nacional".

15-01-2019

domingo, 30 de diciembre de 2018

LUIS ALBERTO ROMERO, LOS DELIRIOS DE UN DEFORMADOR POR EXCELENCIA DE NUESTRA HISTORIA


Si hay un historiador que permanentemente fabula sobre el Nacionalismo y sobre nuestra Historia ese es sin lugar a dudas Luis Alberto Romero, una de las plumas indiscutidas del liberalismo masónico en la Argentina. El 9 de diciembre del 2014 se publicó en el diario Clarín un artículo de su autoría y bajo el pomposo título ‘Delirio nacionalista: el mito del combate de Obligado’ (www.clarin.com/opinion/combate-obligado-nacionalismo-malvinas-revisionismo-historico_0_HkZ8bKPqDXg.html). El argumento central para este deformador nato de nuestro pasado es que en Vuelta de Obligado “no se defendieron los intereses nacionales”, que “no fue una victoria nacional”, queel Nacionalismo festeja derrotas”, concluyendo que “el revisionismo concluyó convirtiendo la derrota en victoria”. A su vez exalta que “es un mito que Rosas haya combatido al imperialismo inglés”.

En este sentido afirma: “En el núcleo del mito está la idea de que en Obligado Rosas resistió al imperialismo y defendió los intereses nacionales. Es cierto que el gobernador de Buenos Aires enfrentó a la ‘diplomacia de las cañoneras’ y defendió la soberanía de su provincia. La tergiversación consiste en identificar esta forma de imperialismo, propia de mediados de siglo XIX, con la idea posterior de imperialismo –popularizada inicialmente por Lenin– que aplicada a nuestro caso identifica toda la relación anglo argentina con la dominación y la explotación”.

A su vez sostiene: “El punto central del mito reside en la idea de que allí se defendieron los intereses nacionales. Pero en 1845 la nación y el Estado argentinos no existían. Había provincias, guerra civil y discusión de proyectos contrapuestos, basados en intereses distintos. El Combate de Vuelta de Obligado, y todo el conflicto en la Cuenca del Plata, es un ejemplo de esas diferencias. Rosas aspiraba a someter a las provincias, incluyendo a la Banda Oriental y a Paraguay, cuya independencia no reconocía”. Estos argumentos son un verdadero disparate. En 1845 sí existía el Estado Argentino, con una primera magistratura que gobernaba conforme a una de las organizaciones políticas más trascendentales del siglo XIX, el Pacto Federal, ya establecido desde 1831 en adelante y en el marco de las guerras civiles que lamentablemente atravesaba el país.

Y en Vuelta de Obligado –que es lo que tanto le molesta a Romero– el Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas sí defendió los intereses nacionales. Sino ¿qué sentido tuvo pelear nada más ni nada menos que contra los anglo-franceses? La agresión fue la consecuencia lógica de toda una política nacionalista desplegada desde 1835 en adelante y que chocaba abiertamente contra los intereses colonialistas de la época: La Ley Nacional de Aduanas; el sistema de exclusiva navegación; la liquidación del Banco Nacional (la principal entidad financiera del país administrada por la especulación y la usura inglesa); la fundación del Banco de la Provincia de Buenos Aires (que ponía el crédito en función de objetivos nacionales).

A lo anterior se suma el desarrollo de una política nacional agraria; el desconocimiento de la hipoteca a favor de los ingleses y que pesaba sobre nuestra tierra pública (como consecuencia de haber contraído nuestro país la primer deuda externa en 1824, en tiempos del unitario-liberal y pro-inglés Bernardino Rivadavia); la venta de tierras públicas detentadas por enfiteutas, concentradores y terratenientes siempre en relación con el capital británico (por negarse a pagar el doble de canon exigido por Rosas para renovar la concesión de sus tierras). En este sentido se había puesto en marcha un reparto más justo de tierras para la producción primaria.

A su vez, lo que el Nacionalismo reivindica de las acciones de Vuelta de Obligado es el hecho puntual y definido de la gesta heroica, la defensa de la Soberanía Nacional nada más ni nada menos que frente a las dos potencias más poderosas de la época, Inglaterra y Francia. Romero nos quiere hacer creer que fue “Obligado y nada más”, y que en consecuencia los argentinos somos tontos y “festejamos una derrota”. Esta explicación barata no resiste análisis: Vuelta de Obligado fue el comienzo de una serie de combates.

Luego de apoderarse de la entrada del río Paraná, la escuadra enemiga continuó su rumbo por el río estando ahora solamente reducida a 6 unidades de combate más 44 navíos mercantes. La increíble resistencia argentina prosiguió a lo largo de la costa con sendos cañonazos en Tonelero (al sur de San Nicolás), San Lorenzo (a la altura norte de Rosario) y Quebracho (al norte de San Lorenzo). Y lo peor fue la tortura del regreso por el río para arribar a Montevideo. En total quedaron incendiados siete barcos y los buques mercantes averiados hasta arrojaban sus mercaderías al agua.

Quebracho fue la última acción de resistencia, en junio de 1846. Y lo que pareció imposible, ocurrió: Un claro y contundente triunfo político de la Causa Nacional. Inglaterra firmó el tratado de paz con la Argentina el 24 de marzo de 1849, haciendo lo propio Francia el 31 de agosto de 1850. Muy a pesar de Romero, ambas potencias reconocieron ante Rosas la total independencia del país y saludaron el Pabellón Nacional con 21 cañonazos de desagravio.

En realidad Romero sabe perfectamente que representó Vuelta de Obligado, como así también quien terminó ganando la guerra en el marco de la brutal agresión anglo-francesa de 1845 contra la Confederación Argentina. El Revisionismo Histórico, serio y analítico, en ningún momento sostuvo que en ese combate hubo una victoria nacional, en absoluto. El tema es que Romero tiene como una suerte de problema patológico e irreversible con el Nacionalismo y con el Revisionismo, algo que permanentemente vomita y escupe. Lo suyo es sentirse acomplejado por algo que infinitamente lo supera. ¿Y qué es lo que lo supera? Precisamente ese Revisionismo que permanentemente ha buscado estructurar el relato del pasado argentino con un sentido de verdad y de coherencia.

Haciendo un paralelismo con la Guerra inconclusa de Malvinas, Romero cierra en su artículo: “Celebrar una derrota –como ocurre hoy en Malvinas– es la quintaesencia de nuestro enfermizo nacionalismo, soberbio y paranoico”. Claro, esa es la cuestión… la soberbia y la paranoia la encontramos en él. A pesar de su enfermizo prejuicio ideológico, Luis Alberto Romero tiene que saber que el Nacionalismo no festeja derrotas. Lo que el Nacionalismo y el Revisionismo Histórico hacen es reivindicar siempre la Defensa de la Soberanía Nacional, cuyos dos acontecimientos paradigmáticos sin lugar a dudas lo constituyeron Vuelta de Obligado y Malvinas.

Es decir, todos aquellos acontecimientos cargados de heroísmo que hicieron grande a la Nación, todas aquellas gestas que se libraron con la clara intención de luchar por nuestra Libertad y por nuestra Nación Soberana. Es tal como se lo manifestara el General Don José de San Martín al Brigadier General Don  Juan Manuel de Rosas en referencia al Combate de Vuelta de Obligado y en carta fechada el 10 de mayo de 1846, al sostener: “(…) En mi opinión, es de tanta trascendencia como la de nuestra emancipación de España”.

Pero pretender que el historiador Romero reconozca esto del Nacionalismo es como pedirle a un burgués que comprenda que la Historia es un mandato de lucha para el presente. Luis Alberto Romero, los delirios de un deformador por excelencia de nuestra Historia. La mediocridad y el cipayismo intelectual al desnudo.



Darío Coria, Secretario de Educación y Cultura del Partido Bandera Vecinal. Conductor del programa radial partidario "Estirpe Nacional".

30-12-2018

sábado, 29 de diciembre de 2018

FEMINISMO: LA IDEOLOGÍA DEL HEMBRISMO


  La Real Academia Española define al feminismo como “un principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre”. Y sobre la base de esa igualdad el sociólogo feminista Michael Paul Johnson enfatiza que se busca “eliminar la dominación y la violencia de los varones sobre las mujeres”. Al fragor de ver lo que es el feminismo en pleno siglo XXI resulta imperioso reformular una definición y analizar varios de sus conceptos.

A lo largo de la historia las mujeres han obtenido numerosos logros. Al luchar por derechos civiles y políticos, el feminismo se ganó un lugar más que justo dentro de las demandas sociales a nivel mundial. Durante el siglo XIX y principios del siglo XX se luchó por la igualdad en referencia a derechos de propiedad y derechos dentro del matrimonio. Desde fines del siglo XIX la lucha se centró en la obtención de derechos políticos, básicamente el derecho al sufragio. Sin lugar a dudas conquistas nobles y más que auspiciosas. ¿Quién puede estar en contra de la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres? ¿Cómo no mirar con buenos ojos el derecho de las mujeres a votar o a tener una misma remuneración que el hombre en el ámbito laboral?

Sin embargo, el feminismo hoy en día significa algo extremadamente distinto. A pesar de que hay muchísimas personas que siguen luchando por esa igualdad de oportunidades, ese feminismo primigenio en esencia ya no existe más. Vale decir, el feminismo hoy por hoy transmutó en una ideología radicalizada y anti-natural expresada desde lo socio-cultural y en muchos casos con muy fuerte respaldo político. Sus ideas rectoras giran básicamente en torno a la sexualidad, la reproducción, el aborto, el androcentrismo, el “patriarcado”, la “ideología de género” y la “liberación femenina”. De esta manera el feminismo derivó en hembrismo, en un machismo a la inversa. ¿Y cómo operó esta invisible transmutación? A través de la farsa dialéctica materialista marxista de opuestos irreconciliables.

De la lucha de clases entre patrones (opresores) y obreros (oprimidos) se pasó a una guerra de sexos entre hombres (opresores) y mujeres (oprimidas) como “motor de la historia”. Inclusive Friedrich Engels fue quien sentó las bases de la unión entre el marxismo y el feminismo tal como lo sostiene en su muy conocida obra “El Origen de la Familia, la Propiedad y el Estado”, escrita por el pensador judeo-alemán en 1884: “El primer antagonismo de clases de la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer unidos en matrimonio monógamo, y la primera opresión de una clase por otra, con la del sexo femenino por el masculino”

El feminismo como clara ideología hembrista-sexista va a parir de la mano de la escritora francesa feminista bisexual, escandalosa, promiscua y pederasta Simone de Beauvoir (1908-1986). Su obra “El segundo sexo” (1949) es una suerte de “biblia” para el movimiento feminista y fuente de inspiración para futuras referentes e ideólogas de esta expresión.​ Según las ideas de Beauvoir se debe partir de un categórico rechazo al hombre por la sencilla razón de que la mujer ha sido sistemáticamente reducida a un papel de sirvienta o esclava. Su célebre frase “la mujer no nace, se hace” dio inicio a la interpretación de que las personas poseen sexo no desde su nacimiento natural biológico sino a partir de una construcción social, a partir de cuando el hombre o la mujer quieran ser lo que les guste ser y en el amplio sentido de la palabra.

Al estar siempre  latente el de rechazo abierto al hombre, al encarnar el “mal” dentro de la sociedad, la derivación lógica de esta visión va a ser el fomento del lesbianismo, ya que en la visión de Beauvoir “la homosexualidad de la mujer es una tentativa, entre otras, para conciliar su autonomía con la pasividad de su carne. Y, si se invoca a la Naturaleza, puede decirse que toda mujer es homosexual por naturaleza”. Otra de sus ideas principales fue la amplia difusión que propagó sobre el aborto y la libre elección de la mujer a elegir, tal las tesis en su Manifiesto por el aborto legal” de 1971, en donde sostiene: “El aborto libre y gratuito no es nuestra única plataforma de lucha. Esta demanda es simplemente una exigencia elemental. Si no se la toma en cuenta, el combate político no puede ni siquiera comenzar. Recuperar, reintegrar nuestro propio cuerpo constituye para nosotras, las mujeres, una necesidad vital. De frente a la historia, nuestra situación es bastante singular: en una sociedad moderna como la nuestra, somos seres humanos a quienes se les prohíbe disponer de sus cuerpos. Una situación que en el pasado sólo los esclavos han conocido”.

La canadiense Shulamith Firestone (1945-2012) es otra de las grandes referentes del feminismo radicalizado, partidaria de la pedofilia, de la emancipación sexual desde la infancia. Su obra más conocida es “La dialéctica del sexo” (1970), en donde también sustituye la lucha de clases por la lucha de sexos. Según sus afirmaciones la maternidad representa la "opresión radical que sufre la mujer" y la “servidumbre reproductiva determinada por la biología". Su pedofilia feminista queda más que explícita en su famosa obra: “Si el niño puede elegir relacionarse sexualmente con los adultos, incluso si él debe escoger su propia madre genética, no habría razones a priori para que ella rechace los avances sexuales, debido a que el tabú del incesto habría perdido su función. (…) Las relaciones con niños incluirían tanto sexo genital como el niño sea capaz de recibir -probablemente considerablemente más de lo que ahora creemos-, porque el sexo genital ya no sería el foco central de la relación, pues la falta de orgasmo no presentaría un problema grave. El tabú de las relaciones adulto/niño y homosexuales desaparecerían”.

A su vez la expresión ‘patriarcado’ (otro enfoque esencial feminista) se debe a la escritora, cineasta, escultora y feminista estadounidense Kate Millet (1934-2017), la activista lesbiana que combatió abiertamente el amor romántico y cuyas ideas centrales se encuentran en su obra “Política Sexual” (1970). Para Millet, el patriarcado es el dominio del orden social por los hombres opresores y que se expresa de diferentes formas, configurándose en ello toda una “violencia simbólica” que estructura toda esa opresión varonil hacia las mujeres. Esta “violencia” se reflejaría desde lo sexual (y en el sentido de que sólo el placer es el de los hombres) pasando inclusive por el lenguaje al utilizarse palabras masculinas que incluyen o “subordinan” a las mujeres, como por ejemplo “ciudadanos”. Esta “opresión patriarcal” dio pié para el desarrollo del paradigma del "androcentrismo", es decir, la visión del mundo y de las relaciones sociales centradas desde un punto de vista masculino.

Queda claro que el sexo viene determinado por naturaleza, una persona nace con sexo masculino o con sexo femenino. Si partimos de la base de que el género es la construcción psicosocial del sexo, y que en definitiva esa construcción determina los diferentes comportamientos emocionales y naturales, las diferentes identidades propias del hombre y de la mujer (haciéndolo más diferentes que similares), para el feminismo el género pasa a ser la construcción misma del sexo y desde un componente cultural: El sexo ya no es un dato originario de la naturaleza sino lo que se siente llenar y darle sentido a la vida, un papel social del que se decide autónomamente.

El género como construcción social y no biológico es una de las contribuciones más importantes de la teoría feminista. Por consiguiente, esta “ideología de género” es una mera categorización social, una artificial y caprichosa “toma de conciencia” de valores y conductas que tira por tierra la natural construcción psicosocial del sexo biológico. La consecuencia lógica, tal como lo sostiene la feminista judía estadounidense Judith Butler, es que tanto “hombre” como “masculino” podrían aceptarse tanto en un cuerpo femenino como en uno masculino, y a su vez, “mujer” y “femenino” podrían aceptarse también para ambos cuerpos.

Bajo esta visión del género como construcción social se establece la idea de “violencia de género”. De esta manera se instala la idea-fuerza de que el hombre es agresivo y violento or naturaleza y que la mujer es pacifista y víctima indefensa. Con una pisca de sentido común siempre se va a concluir que la violencia se debe condenar en todo sentido, sean cuales fuesen las fuentes y las causas. Es más que justa la lucha por darle voz a los que sufren y padecen algún tipo de maltrato, como es el caso de las mujeres. Esto debe ocurrir siempre y cuando la justicia prime y se lleve a cabo un análisis y un proceso igualitario en todo aspecto. Pero esto es lo que precisamente no sucede y más que nada cuando vemos el bombardeo mediático demonizando al hombre. Esta es la clave para entender la trampa de la frase ‘Ni Una Menos’. La verdadera frase tendría que ser ‘Nadie Menos’: Ni mujeres, ni hombres, ni ancianos, ni niños, ni trabajadores ni estudiantes. En realidad todos somos víctimas de un sistema de degradación cultural siempre al servicio del Nuevo Orden Mundial. Se bombardea una y otra vez de que la “violencia de género” es unidireccional, solamente del hombre hacia la mujer.

Conclusión

El feminismo se ha alejado abruptamente de su primigenia y legítima igualdad entre hombres y mujeres, transmutándose en un sistema de creencias que distorsiona la realidad basada en la misandria y en la cultura de la victimización de la mujer. Por eso es la ideología del hembrismo, de un machismo a la inversa. Al establecer las bases del androcentrismo patriarcal (en donde supuestamente se oprime y se subyuga a las mujeres), el feminismo establece toda una histeria colectiva contra lo masculino. Po eso, al generar un odio visceral y una aversión hacia todo lo varonil o masculino se convierte en una misandria. ¿Se podría decir que mujeres poderosas en su momento como Margaret Thatcher, Hillary Clinton, Christine Lagarde o Ángela Merkel forman parte del “sexo oprimido” según las tesis feministas?.

En los primeros años de la década de 1990 el locutor de radio y comentarista estadounidense Rush Limbaugh popularizó el término peyorativo "feminazi", asociando de manera burda algunas corrientes feministas con un pretendido “nazismo”. Nada más alejado de la realidad que esto tanto desde lo ideológico como desde lo político y cultural. Se trata de la subversión cultural marxista, que tiene como objetivo dividir y fracturar a la sociedad a través de la fabricación de conflictos artificiales, en este caso conflictos abstractos sexistas entre los hombres y las mujeres. Conflictos que parten precisamente de la base de que la mujer es objeto persistente de opresión por parte del hombre y que la mujer misma no es diferente del hombre y que a su vez es capaz de desempeñar todas las funciones que éste realiza. O sea, es un movimiento que utiliza como pantalla una supuesta reivindicación de derechos de las mujeres para así esconder su verdadera naturaleza, la fabricación de conflictos artificiales entre hombres y mujeres como factor de división dentro de una Comunidad Nacional.

Detrás de la guerra de sexos del marxismo cultural, detrás del feminismo como ideología del hembrismo se encuentra la Escuela de Frankfurt, el germen antinatural y destructor de la vida de los pueblos, la gran usina ideológica-educativa y psicológica-propagandística del Nuevo Orden Mundial que opera para desarticular y dominar a los Pueblos desde sus mismísimos cimientos internos. Por eso se hace más que imperioso establecer las bases de un Nuevo Orden Social Patriótico para que ponga un real freno a este germen destructivo de la Familia, de la Tradición, de la Vida y de los sanos valores culturales.



Darío Coria, Secretario de Educación y Cultura del Partido Bandera Vecinal. Conductor del programa radial partidario "Estirpe Nacional".

29-12-2018